PORNEIA: UN RELATO ERÓTICO DESDE EL INFRAMUNDO

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PORNEIA: UN RELATO ERÓTICO DESDE EL INFRAMUNDO

Eva cerró la tapa del portátil con un ímpetu que reflejaba el malhumor que la invadía.

La vida me odia —se dijo—. Se sentía como una auténtica idiota. Apenas quedaban cinco horas para que el despertador
sonara, lo que significaba que mañana pasaría el día arrastrándose cansada y muerta de sueño. Por nada. ¿Qué demonios
pasa con los tíos?
—pensaba lamentándose mientras dirigía sus pasos cansinamente hacia al cuarto de baño—.

Se había creados perfiles en varias páginas de contactos, incluso en aquellas que decían buscar la pareja más compatible a cambio de un módico precio. Más allá de alguna cita esporádica, la cosa había carecido de emoción alguna. La frustración la llevaba, en noches como ésta, a pasar horas en salas de chats llenas de gente donde solía encontrar la más absoluta soledad.

Encendió la luz del baño y se encontró consigo misma delante del espejo. Se miró a los ojos. La edad comenzaba a dejar su inevitable huella. Se acercó a su reflejo y contempló la acción de las arrugas en la zona de los ojos, los labios, el cuello. Se sintió triste y desdichada. Sola.

Ojalá fuera más mala. Si fuera peor persona no me pasarían estas cosas —pensó mientras hacía muecas en el espejo explorando sus facciones—. Recordó en ese instante, y sin saber por qué, aquella historia de viejas de su infancia que decía que si uno hacía muecas al espejo pasada la medianoche, el mismísimo demonio haría acto de presencia.

—Al mismísimo Diablo vendería mi alma a cambio de ser más mala y conseguir lo que quiero: ser deseada —dijo en voz alta Eva, con desdén y desaire, sacando la lengua a modo de regañina y usando sus dedos para formar dos cuernos en su frente—. Terminó de lavarse los dientes, apagó la luz y se fue a dormir sumida en la más absoluta frustración.

Eva se revolvía en sueños, inquieta y presa de pesadillas que auguraban una vida solitaria y falta de estímulos. Las pesadillas son esa puerta que comunica el mundo real con otros mundos donde habitan monstruos, miedos y complejos. Eva se agitaba en sueños mientras a través de esa puerta entraban la falta de autoestima, la inseguridad y el rechazo. Detrás de esa puerta se plantó Él. Contempló desde el dintel la figura femenina que yacía en la cama, observó las curvas sinuosas de un cuerpo sugerente, contempló unos labios carnosos deseosos de ser poseídos. Unas manos largas y de dedos pálidos abrieron aquella puerta y Asmodeo entró en el cuarto de Eva, sobresaltándola.

La chica sintió la presencia y abrió los ojos alarmada. En mitad de la oscuridad había una figura masculina, delgada y de tez pálida, desnuda de cintura para arriba. La miraba fijamente, con unos ojos grandes y oscuros que parecían iluminarse con un fulgor rojo. Tenía el pelo negro y bien peinado.

Eva suspiró profundamente cerrando los ojos. Aquella mirada de deseo había tapado el miedo inicial provocado por la presencia.

El joven se acercó a la chica por un lateral de la cama y retiró las sábanas. Bajo ellas apareció un cuerpo desnudo de mujer vestido únicamente con unas braguitas de encaje blancas. Los pezones de ella se erizaron al contacto con el aire, mientras apretaba sus muslos presionando su zona genital en un claro ademán de ansia sexual.

Asmodeo notó una erección inmediata. Alargó su mano lentamente y acarició el rostro de la joven, que correspondió al gesto
con un murmullo de deseo. La mano bajó de la cara al pecho de la chica pasando por el cuello.

Ella seguía con los ojos cerrados, la respiración agitada y la boca entreabierta. Los labios lujuriosos del demonio se posaron sobre los de ella. Una descarga de calor surgió entre ambos.

Los labios se abrieron para permitir el contacto íntimo entre las lenguas, que jugueteaban húmedas descargando punzadas de lujuria a ambos seres. Lentamente, se dejó caer al lado de ella, quedando tumbados sobre la cama. Ambas pieles contactaron iniciando una conversación en un idioma que solo el deseo podía descifrar.

La mano de él acarició el pecho de ella, presionando ligeramente el pezón, que permanecía duro y erizado. La mano fue descendiendo por el cuerpo de Eva. Lentamente, cálidamente, como si Asmodeo proyectara su energía lasciva hacia las entrañas de la mujer. El beso se prolongaba intensamente y la mano llegó por fin a la zona genital de Eva. Deslizó sus dedos largos y pálidos por debajo de la ropa interior de la chica. Jugueteó con un pelo púbico recortado y bien cuidado. Los dedos masculinos palparon la humedad de su entrepierna.

Ella arqueó su espalda sin despegar la boca de la él. Lenta y delicadamente, Asmodeo inició el estímulo del clítoris. Ella abrió las piernas en señal de aprobación mientras sus manos agarraban con fuerza las sábanas de la cama. No pares —oía Asmodeo que gritaba ella en su interior—. Tomó sus dedos corazón y anular y los introdujo en su vagina a través de unos labios mayores hinchados y humedecidos por la impudicia.

Los dedos entraban y salían mientras presionaba esa zona de la vagina que tanto placer da a la mujer. Por fin, el beso terminó. Asmodeo se incorporó y la mirada de ambos se encontró en algún punto entre la realidad y la fantasía. Una mirada obscena y sucia, natural e instintiva. Él se colocó entre las piernas de ella y con lentitud le quitó las bragas. Eva notaba cómo la suave tela de encaje se deslizaba por sus piernas, dejándola desnuda y libidinosa.

Asmodeo contempló la vulva de la concubina. Se dejó llevar por la lujuria hundiendo su cara entre las piernas de ella, con ansia. Hambriento. La chica gimió sonoramente de placer al notar cómo la lengua masculina recorría todos y cada uno de los rincones de su sexo. ¡Oh sí! Cómeme el coño, por favor. Cómeme como nadie me ha comido nunca —decía en su cabeza, mientras abría las piernas más y más, agarrando la cabeza de él y apretándola contra su vagina—.

Asmodeo completó el estímulo oral introduciendo de nuevo sus dedos dentro de la chica, que agitaba sus caderas concupiscentemente. A punto estaba de llegar al clímax cuando él interrumpió el cunilinguis.

Levantó la cara de entre sus piernas, con la boca y la cara llena de sus fluidos más íntimos. Se puso de pie en el borde de la cama. Ella lo miraba ansiosa moviendo sutilmente sus caderas, pidiendo con gestos ser poseída. El miembro de él quedó al descubierto, duro como el cuerno de un rinoceronte, erecto y fuerte. Se masturbó brevemente enfrente de ella. Conocía sus más
oscuros deseos, sabía lo que Eva disfrutaba mirando. Ella correspondió al gesto mojando sus dedos con saliva e iniciando su propia masturbación. Vamos, fóllame. Quiero que me folles —la voz de la chica sonaba alta y clara en la mente de Asmodeo—.

Se colocó entre sus piernas y puso su miembro empalmado sobre los labios vaginales de ella. Notó su calor. Su humedad. Su lascivia. Con un único movimiento de cadera la penetró, metiendo el falo erecto hasta lo más profundo de sus entrañas. Una
puñalada de placer que continuó con un vaivén profundo y acompasado.

La sensualidad y el erotismo se alternaban con la lujuria y la pornografía. Ambos cuerpos se entendían a la perfección, vibraban en la misma longitud de onda. Asmodeo agarraba con fuerza el cuerpo de Eva, lo apretaba, lo poseía y lo deseaba.

Hundió su cara en el cuello de ella, mordisqueándolo entre gruñidos de placer, entregados a la fornicación y al contubernio. El movimiento de cadera aumentó su cadencia y su energía, provocando oleadas de placer en un crescendo que terminaría en el clímax.

Eva gritó de placer, se retorció deleitándose con su cuerpo lleno por el cuerpo de él. Un orgasmo prolongado en el tiempo, placentero y satisfactorio. Asmodeo supo que era suya. Sintió que le pertenecía, que ya era parte de él. Cuando los latigazos de placer fueron disminuyendo, él salió fuera de ella. Quiero que me manches, que me marques con tu esencia —pensaba la chica, presa de la pasión y del deleite—.

Asmodeo comenzó a masturbarse con fuerza. Notó cómo el licor obsceno se abría paso desde su interior. Sus ojos grandes destellaron en llamaradas y unas imponentes alas negras y correosas se desplegaron en el momento en el que su semen salpicaba el cuerpo blanco e inmaculado de Eva. Dos, tres, cuatro descargas de un humor lechoso y atemperado, que resbalaban por la superficie de la chica, licuado.

Las alas se plegaron y los ojos de Asmodeo volvieron a su apariencia humana. Entonces habló: —Entrégate a mí y cumpliré tus más oscuros deseos. Dame tu alma y yo te daré todos los cuerpos que desees.

Las pupilas de Eva seguían dilatadas, su respiración agitada y su cuerpo bañado en semen.

Llévame contigo —dijo, cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior en un gesto vicioso.

Asmodeo cerró el trato besando apasionadamente a Eva. Desapareció desnudo por donde había venido, cerrando la puerta de las pesadillas detrás de sí.

Eva despertó en ese momento, notándose mojada y excitada. Una sensación nueva renacía en su interior. Sus ojos refulgían con un color rojo en el fondo de sus pupilas. Respiró profundamente y se durmió.

Asmodeo.




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