Al son de un soliloquio

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Al son de un soliloquio

Hablar de
ese tema es tener que remontarme a varios años atrás. El tiempo ha pasado por
mi cuerpo, por mi mente no. Sentirme desdichado no sería lo correcto, al fin y
al cabo ella no está, ¿Y yo? Creo que siempre estuve ahí, junto a ella. Tan
cerca que rozar nuestras pieles era como el roce de unas nubes presagiando una
tormenta. Que mirarnos formulaba una serie de acontecimientos en el cual ni el uno
ni el otro estaba dispuesto a abandonar. Pero era así, tal cual como ahora, en
estos momentos estoy tratando de contar. Haber esperado este momento, luego de
tanto tiempo no es el resultado de la cobardía. Es el simple hecho de que sólo
su recuerdo y a pesar de su larga ausencia ella sigue allí, frente al marco de
mi puerta. ¿Miedo? Jamás lo tuve, simplemente era una torpeza pensar en el
miedo cuando ella estaba allí, para mí, era un enorme goce tener que
contemplarla noche a noche en su aposento, ligera.

Ahora que
lo pienso, sí llegué a tener en un momento miedo. En mis interminables noches
de contemplaciones dantescas no la vi. No estaba en el marco de la puerta donde
cada noche aparecía tan mágica como siempre, ahora no estaba. Sentí que la
sangre se coagulaba en mis venas, que mi presión cardiaca estaba desbocada en
su estabilidad, que mi lengua era un trozo de yeso en medio de decenas de
depredadores temblorosos. Pero estas sensaciones duraron poco, porque ella
estaba allí, no en el marco de mi puerta como siempre, si no mucho más cerca,
como antes de que se fuera, ella estaba, mi amada estaba junto a mí, en mi
cama. Sin atrever a moverme ni un milímetro, la contemplé, tan bella. Era casi
como adorar una deidad. Sería capaz de ser esclavo, de entregarle mi alma al
propio Hades por vivir así, de esa manera junto a ella. Donde las palabras son
simples manifestaciones que se llevan a cabo a través de nuestras miradas. No
era capaz de pestañear siquiera, los ojos, irritados sucumbieron ante lo
inevitable, y cuando los abrí, ya no estaba allí.

Que me
recuerde. Está bien, que me mire solamente, pero que me recuerde. Estaremos
unidos, aunque ella esté de ese lado del Erebo y yo este de este lado de la
Noche, ambos, dos seres perpetuos que siguen un rumbo indefinido, estarán
juntos. Años han transcurrido, pero aun así la recuerdo como ese día.

Mi
intención no es fomentar el melodrama con estas palabras. Pero tal vez es la
consecuencia que debo pagar por ser ella la primera y única que ha alegrado mis
días, y mejor aún, que ha avivado mis noches. Por eso le debo esto. Tanta
adulación es mínima por tanto dado, en esta habitación, en mi habitación, en
nuestra habitación. Y fue en esta habitación donde encontré su diario, aquel
donde escribía y describía todos los acontecimientos que han acaecido su
existencia, ya sean desgraciados o afortunados, sea cual fuera el caso, allí
estaba su vida, la mía y la de muchos otros a los cuales tuvo la oportunidad de
nombrar en él. He podido percibir en esa narración, los selectos momentos de
sufrimientos que debió haber pasado –espero no ser el responsable de alguno de
ellos–, lo digo por el hecho que en algunos pasajes escritos, la caligrafía era
típica de una persona que con su pulso demostraba que en su vida había existido
algo que le perturbaba los sueños, y al leer lo que decía pude darme cuenta que
mis suposiciones no eran erróneas.

Al leer ese
diario me di cuenta que no la conocí del todo, que era casi un extraño en su
vida. Perseguir su existencia era enfilarme a un abismo desconocido, a un mar
abierto de dudas incansables. En estos momentos no estoy seguro si lo escrito y
descrito en ese diario sea la consecuencia de su extraña partida. Ese diario es
la única replica que me queda de su enigmática vida errante, aquella vida, la
cual yo ignoré y que en estos momentos –con la escasa luz que percibo de esa
opaca luz de luna que entra por la ventana de mi habitación– me atreveré a
manifestárselo a la humanidad.

No miento
si en algún momento sentí terror al querer hurgar en su intimidad, pero creía
que era la única salida si quería saber el motivo de la incomprensible huida
que hizo de mi vida. Entre alegrías, tristezas, triunfos y derrotas, logré dar
con aquello que sin duda ha sido el responsable de que ya no esté a mi lado.
Hasta ahora no sé por qué no confió en mí, por qué en esas interminables
sesiones de pasión no hubo un momento de desahogo y sinceridad. ¿Acaso, era un
simple artefacto capaz de cubrir sus más extremos deseos libidos? Eso ya no
importa, sea como fuera, la deseo. Sentirla tan cerca, aunque nada más sea una
ilusión hace que me sienta dichoso, siempre que sea en silencio y en esta
infernal pero cálida nocturnidad.

¡DIARIO
MALDITO!

¿Por qué entraste
a mi vida? ¿Por qué osaste irrumpir mi existencia con tus miserables páginas?
De sólo pensar que fue ella la autora y protagonista de tan ínfima vida, me
hace cada vez estar más seguro de querer emprender el viaje a su encuentro,
pero sé que eso es impropio. Que sencillamente eso no sería el objetivo al
querer que yo encontrara su diario entre sus cosas. La existencia me perturba,
los recuerdos en cambio hacen que siga con todo, tal y como ella sigue en el
marco de la destartala puerta. Una noche, creí percibir nostalgia en su mirada
cuando se apareció como siempre en su aposento y señaló con sus dedos la mesa
de noche que estaba al lado derecho de mi cama, y pude notar que en ella estaba
el diario, su diario. Lo tomé con mis manos, lo abracé fuertemente a mi pecho.
La conocía tan bien, que sólo con su mirada pude deducir que quería que leyera
el diario, y yo decidí hacerlo en voz alta, para que ella escuchara de mi
propia voz, aquello que perturbó sus días, y el cual ahora perturba las mías.

Y así
empecé, lo mejor que pude y con la voz más quebrantada que he escuchado en mi
vida, a hacer acto de oralidad en aquella habitación. Donde los únicos
espectadores éramos ella, la luna, el diario y yo. Pero donde la verdadera
protagonista era esa historia, ésa que iba a relatar:

 

Hoy lo vi. Parece increíble, pero él estaba allí esperando
una ruta que yo ignoraba, una a la vida, esa vida que yo me encargué de
arrebatarle. Pero era justo, él se encargó de arrebatarme la mía. El metro era
concurrido a esas horas de la mañana, y percibirlo allí, a él, hizo que me
sobresaltara y los ojos casi se me salieran de las orbitas. ¡Cómo es posible
que él esté allí! Cuando yo misma lo vi morir, cuando fui la única que se vio
satisfecha al momento de ver ese caudal de líquido colorado escurriéndose por
su garganta. Fui la única responsable de que su vida se resbalara entre mis
dedos. Y ahora lo veo allí, dentro de ese enjambre de personas que esperan la
ruta subterránea que los lleve hacia sus destinos. Y a partir de ahora no sé cuál
será el mío.

Matarlo de nuevo no sería la solución para librarme de él,
sería capaz de aparecer de nuevo en la calle, en mi trabajo, en mi casa… Por un
momento pensé en empujarlo hacia las vías del metro, para que con sus ruedas de
acero hicieran pedazos y acabara con su existencia. Sí, tal vez esa era la
solución, destruirlo por completo, y qué mejor que unas decenas de toneladas de
peso se deslizaran por su cuerpo. Pero tan fugaz como apareció esa idea en mi
mente, tal cual desapareció de mis pensamientos. Tal vez no sea él, tal vez me esté
volviendo loca. ¿Pero por qué? No tengo remordimiento alguno, no creé un mal,
al contrario, ayudé a la humanidad a librarse de uno.

Cuando me decidí a abordarlo y a hacer frente a mi destino,
me di cuenta que ya no estaba allí, junto al metro, tal vez nunca estuvo y sólo
fue un recuerdo de tan áspero momento vivido. Esto no lo sabe la persona con
que he compartido los últimos años de mi vida, no creo correcto que él, mi
amado, se entere que su amada es la persona que es, la cual fue capaz de hacer
el acto más vil que puede hacer una persona en el mundo, arrebatarle la vida a
un ser humano.

Y fue así, hasta el día de hoy, que decido que yo misma
acabaré con la mía. No quiero pensar que el motivo sea el hecho de haber
vislumbrado aquel ser en el metro y que ahora me agobie el miedo de que él
quiera vengarse de mí. No, ese no es el motivo, el motivo de querer acabar con
todo esto es saber que voy a sentir el rechazo de él, de mí querido amante. Que
cuando se entere de esto, él mismo va a ser el que me entregue a la justicia
del hombre, y no lo culpo. Por eso dejo estas últimas notas antes de emprender
la partida hacia el viaje sin retorno.

Que me perdone por no habérselo contado, porque sin duda
necesito su perdón, pero sé que no lo voy a conseguir si no le cuento lo que
hice. Y efectivamente, no lo puedo hacer. Antes de morir dejaré este diario –el
cual ignoró de su existencia siempre– entre las profundidades más recónditas de
mis pertenencias deseando que algún día, un día que yo no voy a estar lea, sepa
y comprenda lo que sucedió. El motivo por el cual lo he dejado solo.

Al escribir esto último me tiembla la mano, me duelen los
nudillos. Pero debo seguir, ya no queda nada por decir, sólo sé que esté donde
esté, después de hoy mi amor va a ser el mismo, o mucho más grande que el que
siempre ha sido. Fue el primero y único que ame con toda mi alma. El hombre del
metro hizo que sintiera otra clase de sentimiento, el del odio. Pero no quiero
ensuciar estas páginas nombrando a tan repulsivo extraño.

Hasta luego, amado mío. No tengo poderes para remediar lo que
hice pero estaré allí, tu sólo mira a tu alrededor y allí estaré yo, en nuestra
cama, en nuestra habitación, en nuestro todo. Sólo dos cosas finales que
decirte; PERDÓN y TE QUIERO…

 

Y así terminé
de leer lo que tanto ahogó y lo que hizo que mi amada tomara la decisión de
quitarse la vida. Sin haberme dado cuenta mis manos sudaban al tener el diario
entre ellas, mis mejillas estaban surcadas por las lágrimas que allí se
depositaron al momento de ejecutar la lectura en voz alta. Allí estaba, tan
bella como siempre, pero con cara de satisfacción, de saber que consiguió lo
que tanto anhelaba, mi perdón. Porque así se lo hice saber, así como leí en voz
alta para que ella y yo escucháramos lo que contenía ese diario, así mismo le
dije a las mil voces que la perdonaba. Si, allí estaba sonriendo, con aquella
sonrisa que tanto me enamoró de ella, y yo después de tanto tiempo también
logre sonreír igual.

El fin se
acerca, no el de mis días, sino el de mi agonía. Ya lo sé todo. La noche acaba,
ella se va desvaneciendo
como la
neblina en pleno océano sereno–, del portal de la puerta. Pero sé que ella, mi
querida y amada descansará en el otro mundo, ignoro si en el Averno. Aunque ya
hayan transcurrido algunos años, yo sigo con mi vida errática. En el momento
apropiado la acompañaré esté donde esté. Tal vez pronto…

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