Desdoblamiento onírico
La adultez no debe significar el abandono de la infancia, al menos no en un sentido psicológico; el adulto puede ser capaz de conservar su yo infantil con la mentalidad adecuada. Lo anterior lo comento porque me considero una de esas personas, soy capaz de evocar sentimientos y percepciones a través de recuerdos de mi niñez, momentos de diversa índole y con matices psicoemocionales que me permiten revivir a mi niño interior. Lo conozco muy bien; Jorgito es un chico sensible, inquieto, amante del juego, apasionado del futbol, en cuestión de chicas es bastante tímido, pues le falta seguridad cuando se trata de hablarles, además de que su inocencia lo domina al grado de ser un tanto inseguro. Por lo demás, su carácter es alegre y jovial, tiene amigos en abundancia y siempre le gusta ayudar a quien lo necesita, se dedica al estudio incitar el orgullo de sus padres, además de ser un gran soñador sobre su futuro y lo que se convertirá cuando sea grande.
Suelo recurrir a este desdoblamiento cuando quiero poner las cosas en una perspectiva diferente, una visión más pura sin las preocupaciones y vicisitudes de la vida adulta. Procuro recrear la forma en que el ‘yo’ niño pensaría y actuaría en mi actual cotidianidad, la manera en que afrontaría el mundo de la adultez con su mentalidad aún sin contaminar; reconozco que quizá no le iría muy bien en el mundo en que mi ‘yo’ actual se desenvuelve, ya que conservar su inocencia sería un verdadero reto para él. Y es que debo reconocer que, si aquel pequeño resurgiera y tomará mi lugar, sus posibilidades de éxito son escasas, por no decir nulas, lo destrozarían en un santiamén. Y es así como, por medio de este ejercicio reflexivo, me doy cuenta de que la realidad es funesta, cruda, decadente, y difíciles las alternativas auténticas de reivindicación para el hombre, y la sensación de repugnancia ante este panorama es inevitable. Estas cavilaciones se han apoderado de mi mente debido a un sueño que tuve hace algunas de noches, en el que este desdoblamiento se manifestó (en la lógica onírica, por supuesto).
El fragmento que retengo inicia conmigo desorientado en el parque donde solía jugar de chico, con una densa neblina nublando mi visión. A partir de este momento, extrañado por lo anormal de la situación, caminé para analizar el espacio con la intención de clarificarlo, cuando a lo lejos escuché una especie de lamento, un llanto con tono infantil proveniente del área de juegos para niños pequeños, por lo que, intrigado, decidí acercarme para descifrar a fondo la situación.
Mientras me acerqué, noté que en uno de los columpios se encontraba, en la más agobiante soledad y con la cabeza mirando hacia el suelo, un chiquillo de corta edad sollozando nostálgicamente, con el que, al primer instante de verlo y percibir el trance por el que atravesaba, generé profunda empatía. Al llegar y pararme justo en frente del columpio donde se encontraba, le extendí un amistoso saludo, el cual respondió con un agradable “hola señor”, levantando su mirada para encontrarse con la mía, y mi reacción de asombro fue inmediata al ver su carita angelical, las facciones finas de su rostro, su tez moreno-clara, toda su corporalidad como un fiel retrato de mi ser a mis tiernos 6 años.
Al sobreponerme del estupor ante lo inaudito del suceso, y tras haber asimilado que era yo mismo quien estaba sentado en ese columpio, contesté mis propias palabras preguntándole a mi ‘yo’ niño su nombre; –“me llamo Jorge”, respondió. Una vez seguro de la identidad del chico, me dispuse a dilucidar el trasfondo del encuentro cuestionándolo: –“¿Estás bien?, ¿por qué estás aquí tan solo y triste?”, –“estoy triste porque hoy me despedí de mi perrita, y vine al parque para estar solo un rato” –“oh, ya veo, siempre despedir a un amigo es difícil, así que debes estar muy triste por eso”, –“sí, y sigo sin entender por qué no podía quedarse con nosotros”, –“te entiendo, pero también debes tratar de entender la decisión de tus padres de dejarla ir a un lugar mejor”.
A los pocos segundos de haber terminado esta última frase, noté que había sobrepasado el nivel de conocimiento sobre mi propia vida que podía revelar durante la conversación, y que debía ser más cauteloso al abordar las anécdotas personales que surgieran en la misma. Al parecer, Jorgito también se percató de lo raro de mi sentencia, pues me cuestionó cómo es que sabía que sus (mis) padres habían regalado a la mascota, a lo que respondí: –“No es que lo supiera con certeza, lo que pasa es que cuando yo era niño también tuve una perrita a la que quise mucho, a la que tuvimos que regalar para que viviera en un lugar mejor, e imaginé que estabas pasando por algo similar”. La respuesta pareció no ser suficiente para convencerlo, ya que indagó sobre mi identidad guiado por la exactitud de mis palabras con una actitud inquisidora, como quien sospecha algo con tal vehemencia que no descansa hasta descubrir el misterio.
Después del examen al que fui sometido y encontrarme un tanto acorralado por la curiosidad impetuosa del chiquillo, y al no percibir mayor perjuicio en la aclaración de sus sospechas, decidí revelarle que la persona que tenía enfrente era su ‘yo’ adulto, que era él mismo con una edad mucho mayor. La reacción ante la revelación fue similar a la mía, aunque con un matiz diferente, ya que, mientras mi asombro fue de incredulidad ante lo que visualizaba, él quedó fascinado al encontrarse con él mismo más viejo. Una vez realizada la confesión de mi parte, platicamos de todo un poco: nuestro crush con la maestra de español, los viajes con el equipo de fut de la escuela, los grupos de amigos que formamos, los gustos musicales adquiridos, el comienzo de nuestro amor por los libros, en fin, aspectos de nuestra personalidad que consideré agradable contarle.
Todo cuanto conté le generó interés, y a medida que abordaba alguna de las vivencias mencionadas, él no dudaba en indagar sobre los detalles. Al percatarme de esto, procuré omitir los sucesos tristes que marcaron nuestra existencia, tales como la muerte de mi madre, la ruptura con la primera chica con la que tuvimos una relación seria, así como el reciente fallecimiento de mi padre ocurrido hace apenas un par de años. Consideré que era lo más sensato tomando en cuenta la mínima capacidad de mi versión infante para lidiar con asuntos emocionalmente dolorosos, además de percibir absurdo hacerle cargar con la infame zozobra de futuras pérdidas.
Cuando no tuve nada más por decir de cariz positivo, empezó una especie de interrogatorio por parte de Jorgito que sacaba a relucir todo la pena y el sufrimiento de mi alma. Intenté dominarme ante los cuestionamientos, sorteándolos de manera que no percibiera el dolor que me generaba recordarlos; una sonrisa falsa adornaba mi rostro mientras respondía sus preguntas, y le dije que la vida no siempre es fácil y a veces nos pone pruebas para forjar nuestro carácter. Sin embargo, cuando se le ocurrió preguntar cómo estaba papá y cómo era nuestra relación con él en nuestra vida adulta, la nostalgia fue insostenible, la tristeza por su ausencia subió del corazón hasta los ojos y las lágrimas brotaron sin que pudiera detenerlas.
–“¿Por qué lloras?, ¿fue por algo que dije?”, me preguntó, y yo respondí: –“No te preocupes, no es en absoluto tu culpa, de hecho, no es culpa de nadie”. Inmediatamente me sequé las lágrimas de la cara, pero el chico ya había notado que algo extraño había de trasfondo en su pregunta, por lo que prosiguió –“¿papá está bien, le pasó algo malo?”. El silencio me consumió y mi menté se bloqueó por varios segundos, no sabía cómo responderle sin destrozarlo; después de haber enmudecido durante casi medio minuto, le dije: -“En el tiempo del que vengo, papá ya no está con nosotros. Recuerdas lo que te comenté hace unos instantes sobre las pruebas que pone la vida para forjarnos, pues lo que pasó con él fue una de esas pruebas, una prueba para la cual no estábamos preparados, pero cuando esas cosas suceden nadie lo está realmente. En mi mundo, papá falleció hace dos años, y es una herida aún fresca que lucho día a día por sanar”.
Al escuchar mi respuesta, el pequeño se quedó paralizado, permaneció inmóvil durante varios segundos con la mirada estática, sin parpadear, sumido en el shock que le generaron mis palabras. Su reacción de tristeza fue mucho más intensa que la mía, las lágrimas escurrieron en sus mejillas como pequeños riachuelos resultado del profundo dolor. Al verlo en este trance, temí haberle generado un trauma irreversible, pero sabía que nada de lo que dijera sería suficiente para reconfortarlo tras la terrible noticia que me había atrevido a revelarle, así que preferí mantenerme en silencio extendiendo un afectuoso abrazo.
Después de varios minutos de abrazarme a mí mismo como parte de aquel desdoblamiento onírico, elucubré un plan para suavizar la desgarradora situación; recordé que, a partir de haberme iniciado en el hábito de la escritura, siempre cargaba conmigo una libreta de bolsillo para realizar apuntes, (esto no cambió en la lógica del sueño, pues la traía en mi bolsillo del pantalón como de costumbre) y se me ocurrió que, si se la regalaba contándole expresamente su uso, quizá su ánimo mejoraría. Tomada la decisión, la saqué del bolsillo trasero de mi pantalón y le enseñé el cuadernillo, le dije que ahí apuntaba cualquier cosa que se me ocurría que consideraba valiosa: pensamientos, reflexiones, sentimientos y más cosas se plasmaba en sus hojas, y pensé que era un buen regalo para aliviar aquella pena tan grande.
Mientras le platicaba el trasfondo de la libreta, mi objetivo parecía cumplirse; Jorgito la tomó en sus manos, la contempló detenidamente y comenzó a hojearla. A medida que avanzaba entre las páginas, la amargura parecía abandonar su rostro; cuando algún fragmento o línea le llamaba la atención, se detenía en la hoja para leer a conciencia y, si no entendía alguna idea, no dudaba en preguntarme. Cuando lo creí oportuno, le pregunté: –“¿Te gusta? Te la regalo, es tuya”. –“¿En serio, me haría este gran obsequio?”. –“Claro, es lo mínimo que puedo hacer después del mal rato que te he hecho pasar”. –“Muchas gracias señor, es un gran regalo”. –“No me digas señor, recuerda que soy tu ‘yo’ adulto, somos la misma persona”.
Con esta escena concluyó el sueño, el grato encuentro con la parte pura e impoluta de mi ser. Lo curioso de todo esto es que lo recuerdo con cierto apego a la realidad, como si en verdad hubiera pasado, y lo más extraordinario es que hay pruebas para corroborarlo. La libreta del sueño es la misma que uso actualmente para hacer mis anotaciones rutinarias, y después de obsequiársela a mi ‘yo’ niño en la fantasía de mi subconsciente, contiene apuntes que no coinciden con mi estilo de escritura y mi visión del mundo de la actualidad, sumado a la divergencia en la caligrafía, una prueba que tengo en mi poder como especie de flor de coleridge que demuestra lo increíble: mi encuentro conmigo mismo.
Todos estos aspectos me hacen pensar que la experiencia no fue solo un desdoblamiento onírico, sino un encuentro parcialmente real entre dos sujetos que son la misma persona. La porción de realidad del mismo la posee el pequeño, mientras que el adulto lo generó en su plano subconsciente, un sueño vívido que se ubica en la frontera de lo real y lo imaginario. Hasta el momento no podría negar ni afirmar la veracidad del encuentro, porque ese particular recuerdo de mi infancia no lo conservo; si sucedió, mi memoria lo bloqueó por factores que desconozco, olvido atribuible quizá a su naturaleza extraordinaria. A pesar de ello, las líneas y fragmentos que no existían en ese cuadernillo hasta antes de aquel sueño me transmiten una sensación de veracidad, las siento como una voz familiar, un llamado de alguien desde lo profundo de mi ser que se esfuerza por no morir.