El vuelo del cuervo.

El vuelo del cuervo.

Marienbad, 22 de septiembre de 1917, un día ventoso de un prematuro otoño.

A todos nos puede ocurrir que alguna vez tengamos que arrepentimos de un día vacío, rebosante de cotidianeidad.

Frank, el abogado que trabaja para la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo da varias vueltas alrededor de la habitación, sin que ocurra nada decisivo, pero algo sucede, aunque no se puede definir lo que es, quizás, debido a la lentitud de los movimientos; aquello parece… una frustrante persecución sobre sí mismo, unos pasos y se detiene, mira hacia atrás y cree ver algo que se mueve, reinicia bruscamente la marcha, para volver a detenerse. Por fin se acerca a la ventana pega la nariz al cristal frío y ve al cartero volver sobre sus pasos, desganado, con la bolsa vacía en dirección al correo central, la cabeza gacha, avergonzándose de no haberle dejado ninguna carta.

Enciende el fuego y pone a hervir una gran perola con agua y sal mientras lava y limpia con mansedumbre, media col, una zanahoria y las tres últimas patatas.

El que dijo que el hambre digestivo es el que mejor ayuda al artista a crear, dijo una reverenda tontería, es el apetito del alma el que empuja a escribir. “Trato continuamente de comunicar algo incomunicable, explicar algo que llevo en la médula y que tan sólo podría ser vivido por ella. En el fondo, tal vez no sea más que ese famoso miedo del que hablo tan a menudo, pero extendido a todo: miedo de 1o grande, de  lo pequeño; miedo convulsivo a decir una palabra. Quizá, sin embargo, este miedo no sea en realidad únicamente miedo, sino deseo apasionado de algo más grande que todo lo que lo provoca.”

La angustia es la fragua del mensaje, la desesperación, el molde, la ignorancia es el cincel para dar golpes de ciego a esta realidad creativa.

Esta penuria económica… donde el olor a col lo inunda todo.

Decide darse una ducha. Sale mojado del cuarto de baño secándose con la toalla. Se desploma sobre la cama como una marioneta a la que le cortan los hilos, sin darle mayor importancia, después de todo la ropa decama esta algo húmeda. Cubierto solo con la toalla, se siente fatigado, parece como si se cansara más desde que ayer supiera el diagnóstico de su tuberculosis. ¿Con este desgarro, tengo derecho a arrastrar a Felice a mi abismo egoísta? Debo romper mi compromiso con ella. La culpa, siempre la culpa, la culpa es esta situación, este estado de cosas. ¿Que hacer con tanto amor no correspon­dido?

Se suspende en la nada y piensa…”Sin ti no tengo a nadie, a nadie más que el miedo: echado sobre él y él sobre mí, nos pasamos las noches agarrados el uno al otro.”

Se viste de prisa cuando empieza a sentir frío, no dejara de cumplir con sus obligaciones, baja desde el primer piso por unas escaleras estrechas y mal iluminadas, sale a la calle donde unos edificios tristes sostienen, a duras penas, una bóveda gris, ráfagas de viento hacen que se vea envuelto en medio de una ducha de hollín y polvo que le cae de los techos endebles.

Calles donde se ha instalado la suciedad industrial: “Una suciedad que, en fin, está allí y de la que no se vuelve a hablar; una suciedad que ya no se transforma, que se ha vuelto vernácula, que en cierto sentido hace más sólida y terrestre la vida humana.”

Calles donde el supremo valor es la velocidad, la masa, los coches, el anonimato, los aeroplanos, las locomotoras, las cosechadoras; la despersonalización.

Calles donde “mendigos atroces, engordados en sus carritos, estiran sus brazos hacia el camino”.

Calles donde “no se ve más que altas damas a la moda, que 1o desvalorizan todo”.

Vuelve rápidamente a su habitación, a la desesperanza, al destino incierto, al envejecimiento. El amigo al que había ido a visitar; no estaba. Se quita la chaqueta, deshace el lazo que aprieta su cuello, da varias vueltas alrededor de la mesa contemplando el bosquejo de “Las tribulaciones de un padre de familia” que esta junto a una omnipresente manzana, el techo cruje ensordecedor, las blancas y desnudas paredes le presio­nan, arrastra una silla junto a la ventana, se sienta y mirando las nubes, vuela. “Soy un pájaro imposible, un cuervo. Estoy perdi­do y así revoloteo entre los hombres. Ellos me miran con des­confianza y yo soy un ave peligrosa, un ladrón, un cuervo”. *

Este humilde abogado que trabaja para la Compañía de Seguros de Accidente de Trabajo, cinco años atrás, la no­che del 22 de septiembre de 1912 fue capaz de escribir de un tirón La condena.

Hoy, antes de ir a dormir, abre su Diario de memorias y lleno de coraje consciente, con todas las fuerzas de su mente vigilante; escribe: “ nada”.

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Frank Kafka ( Praga, 1883 – Sanatorio Kierling, cerca de Viena, 1924), escritor judeo-checo, desasosegado, de carácter introvertido, refleja en su obra al hombre angustiado, miembro de un mundo paradójico e impenetrable. En su testamento deja expresa la voluntad de que se destruyeran todos sus escritos.

*Kafka parecido a kavka, que en checo significa “cuervo”.

“”. Fragmentos de su Diario.




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