IRIS

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IRIS

En una cabaña de madera, a las
afueras del salar de Uyuni, se escuchaba el crepitar de la leña en una
chimenea, con un humo que se esparcía entre los árboles más cercanos. Ahí,
vivían Iris y Daven.

– ¿Por qué tienes el pelo blanco,
papá?

– Buena pregunta, cariño. Espera un
momento.

 

El padre se acercó a un armario
pequeño de madera, abrió el cajón con una llavecita de metal. El polvo inundó
el aire. Iris, extrañada, le preguntó:

– ¿Qué es eso, papi? ¿Otro cuento?
¡Qué bien!

– No, cariño. Es otro tipo de
libros, sólo con fotografías. Es un álbum.

 

El padre le dijo que se sentara en
su regazo. Abrió el libro y un chirrido dio pie a muchas imágenes. Iris vio
cosas parecidas en museos, eran pequeños cuadros llenos de caras.

Debajo de cada uno, había unos
números, fechas de cuándo se hicieron.

– Este soy yo de pequeño.

– Tienes los mismos ojos.

– Es lo único que sigue igual.

– ¿Y el chico este eres tú?

– ¡Claro! -dijo sonriente,
apuntando con el dedo a una imagen desgastada por los bordes.

– Qué pelo más raro tenías.

– Largo y azul, sí. Hice una
apuesta con mi mejor amigo. Si conseguía comer dos hamburguesas, se teñía él.

– ¿Perdiste?

– No. Pero tenía una gran amistad.
Estuvo bien cambiar de aires.

– No lo entiendo. Y, ¿aquí por qué gritabais?

– Era 8 de mayo, y salimos a las
calles a protestar.

– ¿Está bien gritar?

– Si es por algo justo, sí. Me puse
el pelo morado.

– ¿Por qué?

– Porque así luchamos.

– Las trenzas que tengo me gustan.

– Te quedan bien. Eres como una
vikinga.

–  ¿Qué te pasó aquí? ¿Se te cayó el pelo? Estás
calvo.

– Cuando estuve en la mili, me
obligaron. Era un sitio donde te entrenaban.

– Eso no está bien.

– No. La verdad es que no. Luego me
volvió a crecer. Y ahora lo tengo así, lleno de canas.

– Mamá no llegó a tener el pelo
blanco.

– Lo sé, mi amor.

– ¿Por qué no lo tuvo?

– Mamá estuvo malita pero pasó por
muchas experiencias. Los momentos con ella fueron de muchos colores: verdes,
llenos de esperanza,  morados de todo el
amor que tuvimos, amarillos de la alegría de tenerte, rojos de la pasión de
verte crecer y azules, de lo triste que estuvimos cuando se fue.

– No es un color bonito el azul. Me
recuerda a mamá.

– El cielo también lo es. Ahí está
ella, brillando para ti.

– ¿Voy a tener el pelo como tú?

– Seguro que sí, mi vida. Yo lo tengo
porque he vivido de todo. Y tú lo tendrás también, te lo prometo. El pelo
blanco nos indica que la vida sigue y que antes, hemos pasado por un sinfín de situaciones,
personas que nos han cambiado de alguna manera.

– ¿Papá? ¿Puedo llevar algo a mamá
hoy?

– ¿El qué?

– Es una sorpresa.

 

Iris y Daven se acercaron a una
pequeña piedra con un nombre grabado: Carlota. Él dejó unas flores con cuidado
mientras se humedecían por las lágrimas. Luego, la pequeña dejó un arco de
color blanco y una flecha.

– Mamá, voy a ver  mucho. Quiero vivir todos los colores y
apuntar alto. Quiero que me veas feliz.

 

Cuando los dos se marcharon,
empezaron a caer gotas de lluvia, cada vez con más fuerza, hasta que se
formaron pequeños charcos en la hierba. Y entre todas las nubes, empujaba un
rayo de sol. Se abrió camino y formó un arco iris que nadie vio jamás.




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