La puerta del garaje

La puerta del garaje

Diluviaba. Lo que al principio, cuando Julio y Laura salían de casa, era una leve llovizna se había convertido ahora en una imponente tormenta. Y no tenía visos de que fuera a amainar a corto plazo.

–Si ya te lo había advertido antes de salir –reprochó Julio a su esposa.

–Bueno, en cinco minutos estamos en casa otra vez. No te preocupes que no nos vamos a ahogar.

–Sí, pero podíamos haber venido a comprar cualquier otro día.

–Cualquier otro día, igual ya se habían llevado lo que me gustaba.

–Tú y tus caprichitos –volvió a refunfuñar Julio–. No paras de gastar.

–¡Olvídame! –cortó Laura con sequedad–. Estoy cansada de tus regañinas.

Después de un periplo de tiendas que a Julio se le había hecho interminable, Laura había comprado en el centro comercial un par de blusas, una falda y unos zapatos. Los antojos de rigor –pensaba Julio–, caprichitos innecesarios porque su mujer tenía todos los armarios repletos de ropa. Se estaba volviendo cada vez más gastosa y derrochadora. Como si él tuviera una fábrica de hacer dinero. Y claro, como ella no tenía carnet de conducir, pues a él no le quedaba más remedio que llevarla donde ella quisiera. Chófer para acá, chófer para allá.

Había ya anochecido y la tromba de agua inundaba progresivamente las carreteras. La visibilidad era escasa aunque como no había demasiada distancia hasta su residencia, no merecía la pena esperar en el centro comercial hasta que la tormenta amainara. Estas tormentas igual duraban diez minutos que se alargaban horas.

–Pues no estaban las cosas muy rebajadas –volvió a criticar Julio.

–Merece la pena pagar un poco más si la calidad es buena. Lo barato sale caro casi siempre.

–Total, para ponértelo luego una vez y volverlo a guardar en el armario a coger polvo.

–¡Vete a la porra! Según tú todo lo hago mal. Nunca hago nada bien. Estoy cada vez más harta. Así que deja ya de pincharme.

Julio –pensaba Laura– se había hecho con el paso de los años cada vez más tacaño y cascarrabias. Con el dinero que tenía en el banco, ¿qué más daba que ella se permitiera ciertos caprichos cuando le apeteciera? Que se hubiera casado con una vieja, en lugar de con ella. Ella era todavía una mujer joven, una mujer que podía lucirse. Que todavía muchos hombres giraban la cabeza cuando se cruzaban con ella. Él en cambio, cada vez más viejo e insoportable.

Tampoco Julio se encontraba muy a gusto con su relación matrimonial y el plan de vida que imponía su mujer. Cada dos por tres a comprar ropa, o un viajecito turístico, o salir de juerga y copeo, flirteando con frecuencia con este o aquel guaperas que presumía de intelectual, y hasta las tantas de la madrugada no se podía volver a casa, que había que aprovechar la noche. Empezaba a arrepentirse de haberse casado con una mujer como Laura, bastante más joven que él. Ya le gustaría que fuera una esposa un poco más tranquila, más tradicional y casera.

Veinte minutos después enfilaron con el coche la entrada a la urbanización donde residían. El garaje tenía dos puertas, que normalmente estaban siempre cerradas. La primera daba acceso al recinto, y tras una corta curva de unos veinte metros y suave pendiente, se desembocaba en la verdadera rampa de entrada al parking subterráneo donde se encontraba la segunda puerta. El botón del control remoto de apertura era el mismo para ambas puertas.

Se sorprendió Julio al encontrar en esta ocasión la primera puerta ya abierta y se adentró con precaución en la curva. La intensidad de la tormenta no decaía y una espesa cortina de agua apenas si permitía ver a unos pocos metros de distancia. Detuvo el coche al inicio de la rampa, echó el freno de mano y pulsó el botón del mando del garaje. Pero la puerta no se abrió.

–¡Mierda! –se lamentó–. Ahora no se abre.

Volvió a apretar el botón varias veces, pero nada. La puerta no reaccionaba en absoluto.

Cogió Julio el paraguas, salió del coche y se dirigió maldiciendo a un dispositivo manual de apertura que había junto a la primera puerta. Lo intentó con la pequeña llave plástica pero tampoco ocurría nada. Aquel cacharro tampoco funcionaba.

La tormenta no remitía y Julio, aun con la protección del paraguas, se estaba poniendo como una sopa. Pasó de nuevo junto al coche y empezó a descender a pie por la rampa. A ver si acercándose más a la puerta, ésta captaba la señal del mando. La lluvia hacía un ruido atronador al caer sobre el tejadillo de uralita que cubría una parte de la rampa. No le extrañaría que aquel tejadillo se derrumbara en cualquier momento tal era la fuerza de la lluvia. Pegado a la puerta siguió apretando el pulsador, pero nada. Aquella maldita puerta no se abría.

Laura, desde el interior del coche, contemplaba con desdén los vanos intentos de su marido para abrir la puerta. Desde luego, estaba cada vez más gordo, obeso total, menuda barriga se le había puesto. Lógico teniendo en cuenta los grasientos almuerzos con sus amigotes, que cualquier día le iba a dar un infarto por su glotonería. Y pelo, cada vez le quedaba menos en la cabeza. Era un auténtico calvorota. Gordo, calvo y viejo. En poco tiempo parecía haber envejecido su marido una década. Tampoco es que cuando se casó con él fuera un adonis, pero aún mantenía cierta presencia. Cierta presencia y la cartera llena de billetes. Ahora, además, se estaba volviendo cada vez más roñoso y gruñón. Claro que si un día estiraba la pata, tampoco ella lo iba a sentir mucho. De hecho, sola, libre y con dinero, podía pegarse la vida padre. Y ahí estaba el gordo, de espaldas al coche, al final de la rampa, intentando con torpeza abrir la puerta del garaje.

Acarició Laura el freno de mano. Le pareció que el coche temblaba una pizca. El agua bajaba cada vez con más fuerza y se le ocurrió que hasta podría arrastrar el coche hacia abajo. Puso Laura el pulgar sobre el botón de anclaje del freno de mano. Suavemente, sin apretar. O casi sin apretar, como jugando. El coche pareció moverse. Pero no podía ser, porque ella no estaba haciendo nada. Aunque de hecho, poco a poco, el coche empezó a deslizarse lentamente hacia abajo y entró en la pronunciada rampa. La mano de Laura seguía acariciando el freno de mano.

Julio, de espaldas, sordo a cualquier otra cosa que no fuera la tormenta, no se percató del movimiento del coche. Y éste empezó a coger velocidad. En la cara de Laura empezó a dibujarse una diabólica sonrisa. En el último momento, algo hizo girarse a Julio. Sólo dispuso de un instante. Un instante para ver la sonrisa asesina de su mujer. Pero nada pudo hacer ya para evitar ser empotrado por su propio coche contra la puerta del garaje.




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