Madame Devau

sa_1556639281La mansiYEn para invitados

Madame Devau

Tenía que pasar unos días en un hotel alejado de la ciudad por motivos de trabajo. El hotel resultó estar más lejos de lo que pensaba. Después de interminables curvas llegué a mi destino. Ante mí se erigía un imponente edificio de enorme envergadura que había sido un palacio señorial, rodeado de un precioso jardín. Subí una escalinata de mármol y llegué a la entrada. Allí me atendió un recepcionista muy educado y me condujo al ascensor.
Mi habitación era la 127. Se había hecho la hora de la cena así que tuve el tiempo justo para cambiarme de ropa y bajar a tomar algo.

El comedor era una delicia. Habían intentado conservar el estilo modernista al que pertenecía. Había dos grandes ventanales con unas cortinas beige recogidas con un cordón a ambos lados. Un recibidor con un gran espejo, un gramófono sobre una mesita de madera oscura, una platera enorme con una vitrina llena de platos con filigranas y un sinfín de detalles que me hacían mirar a todos lados. Me ubiqué en una mesa redonda cubierta por un mantel blanco, con unas sillas de madera labradas que pesaban considerablemente. Me sentía extasiada. El servicio fue impecable y la cena, aunque algo escasa, bastante aceptable.

Al día siguiente me levanté con la ilusión de pasear por los jardines que rodeaban el hotel. Desde la terraza de la cafetería podía observar parte de ellos.

Me aproximé lentamente hasta el comienzo del jardín. Pasé un seto en forma de arco, a partir de ahí habían diferentes caminos flanqueados por macizos de flores de diversos colores. Había un aroma fresco y embriagador. Casi sin darme cuenta me había adentrado en una rosaleda. A la derecha había otro arco que invitaba a perderse aún más. Para mi decepción me encontré, a unos pocos pasos, con un muro de piedra que limitaba el vergel. Estaba dispuesta a volver sobre mis pasos cuando vi una pequeña puerta de madera. Imaginaba que estaría cerrada pero me pudo la curiosidad. Empujé suavemente y se abrió. Esta parte del jardín era distinta, estaba rodeada de árboles de grandes dimensiones y había otra edificación más sencilla, probablemente sería un lugar en donde antiguamente los señores del caserío alojarían a los sirvientes, o quizás a los invitados.

Subí los escalones apartando las hojas secas con los pies, me parecía que sería demasiada casualidad que me dejaran entrar. Llamé tímidamente a la puerta, a ver si de algún modo podía curiosear, para mi decepción solo obtuve silencio como respuesta a mi llamada.

En el momento en que di la espalda a la puerta, esta se abrió. De su interior salió una mujer esbelta, de pelo entre canoso, llevaba un chal de color malva sobre los hombros y un vestido azul oscuro que le llegaba hasta las rodillas. Podría describirla como un “ama de llaves” de las de antes.
Me miró fijamente clavando sin disimulo sus ojos en los míos. Creí que me iba a reprochar el haberla molestado pero para mi asombro me invitó a pasar cortésmente.

La puerta principal daba a un patio interior, lo atravesamos. En los laterales había puertas que llevaban a distintas habitaciones. Llegamos a una pequeña salita donde me ofreció un té. Me habló de manera nostálgica de lo que había sido el hotel antaño, de galas y fiestas, de personas de renombre que se habían alojado allí. Yo la miraba embelesada escuchando cada palabra. A ratos me pareció ver tristeza en sus ojos. Cuando bebí el último sorbo del té, ya amargo, nos despedimos. Me acompañó a la puerta y la cerró sin dejar de mirarme.

Volví sobre mis pasos y llegué a la cafetería del hotel. Quise estar un poco más de tiempo allí. Recorrí lentamente el local, mirando cada detalle que me adentraba a aquella época. En una de las paredes había un sinfín de fotografías antiguas con explicaciones al pie de cada una de ellas. Hubo una que me llamó especialmente la atención: sentada frente a una mesa de hierro, se encontraba una mujer de unos cincuenta años, llevaba el pelo semi recogido y cubierto con una gran pamela de color blanco. Llevaba guantes de encaje y un vestido del mismo tejido. Su cara me resultaba familiar. Leí al pie de la foto: La señora Devau posa para el periódico durante su estancia en el Gran Hotel en marzo de 1927.

Mi último día de estancia en el hotel decidí salir por uno de los tantos pueblos que había por esa zona. Curiosamente acabé almorzando en una cafetería que emulaba la época modernista. Lo más valioso de la colección era una réplica de una revista de los años treinta. Estaba fechada el 14 de octubre de 1932. Lo cogí para leerla gustosamente mientras saboreaba un café. Se sucedían consejos de moda con elixires milagrosos que dotaban a cada dama de un atractivo irresistible. En su página central hablaba del hotel en donde estaba instalada. Me quedé helada al ver una fotografía del edificio adyacente, que visité la mañana anterior, totalmente calcinado por las llamas. ¿Lo habrían restaurado años después? Tenía que regresar a comprobarlo.

Conduje a toda velocidad por la carretera serpenteante, en mi mente había un nombre “La Sra. Devau”. Llegué al atardecer. Sabía que me quedaban pocas horas de luz para poder salir de dudas. Localicé el muro y lo rodeé buscando desesperadamente la puerta de madera. Encontré los goznes de la puerta y el hueco en donde debía estar pero ni rastro de ella. Esperaba que no fuera demasiado tarde. En la semi penumbra, vi la fachada apuntalada del edificio, ¡era lo único que se había conservado tras el incendio! Me acerqué lentamente conteniendo la respiración. De pronto sentí una mano sobre mi hombro. Di un respingo.

-Señora, no puede estar aquí, es peligroso, está en obras.

Regresé a la habitación intentando ordenar mis ideas. Estaba segura de haber estado hablando con aquella mujer. Su rostro se correspondía sin duda a la señora Devau. Pero entonces, ¿por qué no había llegado a tiempo? Miré el calendario: 15 de octubre. Entonces lo vi claro, había llegado un día tarde…

Sonó el teléfono. Al otro lado la voz de un hombre que esperaba los resultados de mi “investigación”.

– Lamento comunicarle que no he llegado a tiempo, le dije.

Como respuesta obtuve silencio. Continué hablando:

– Conseguí contactar con su abuela, pero confundimos las fechas, el incendio fue el día 14 de octubre, no el 15, por eso no he podido ayudarla…

De nuevo silencio.

-¿Hola, Monsieur Devau, está ahí?

Carraspeó y me dijo con voz autómata:

-Han pasado 75 años desde el día en que mi abuela falleció. Era la oportunidad que estaba esperando. ¿Dice que consiguió hablar con ella?

-Sí, respondí, me invitó a un… té, dije bajando la voz.

Le describí el encuentro con todo lujo de detalles.

-Aún tenemos otra posibilidad, dijo lacónico. Espero que esta vez no me falle.




  • 1 Comentario
    1. Profile photo of Etreumd3
      Etreumd3 4 semanas hace

      Enhorabuena por tu premio y un relato muy interesante

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