SUEÑO MORTAL

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SUEÑO MORTAL

Dania pensó que necesitaba un respiro. Por fin, su agobiante trabajo le permitía evadirse de sus problemas, al menos durante un par de días. Pensaba en lo mucho que disfrutaría de su soledad. De vez en cuando le gustaba obsequiarse con una excursión en algún recóndito paraje, a solas consigo misma, y la ciudad no le ofrecía el menor aliciente. En cambio, el campo parecía proporcionarle esa magnifica oportunidad, que por supuesto,  ella pensaba aprovechar. Su decisión estaba ya tomada, aquellas breves vacaciones las pasaría en las montañas.

Cogió su mochila junto con algunas provisiones y salió en dirección hacia el andén. Un reloj de grandes dimensiones que colgaba de la pared marcaba las doce, a estas horas de la mañana la estación estaba bastante concurrida. En el bar, situado a la izquierda, junto a un pequeño kiosco de bebidas y prensa había un grupo charlando animadamente mientras otros, se apresuraban a subir al tren para dirigirse hacia sus diferentes lugares de ocio o trabajo. El jefe de estación con su inconfundible gorra roja daba el último aviso a toque de silbato a  los viajeros más rezagados. En el interior del  vagón, era como si no hubiera transcurrido el tiempo. El mobiliario parecía exactamente el mismo que el del día de su inauguración en 1.912, fecha que rezaba al pie de una fotografía de la época; únicamente en primera clase el tejido de los asientos ya roído había sido sustituido por otro de terciopelo rojo.

Varios chicos ataviados con sus mochilas y sacos de dormir entonaban alegres canciones campestres, mientras una pareja de jubilados los miraban con cierto desagrado, aunque los muchachos no parecían percatarse. Después de permanecer estacionado durante unos minutos, el tren inició su monótona marcha. Aquel suave vaivén le permitía a  Dania contemplar el bello paisaje de la Sierra de Tramontana. Hileras de árboles desfilaban ante sus ojos,  mientras que unas viajeras nubes, daban paso a un impecable cielo azul,  la suave brisa, anunciaba que el verano estaba ya próximo.

Habían transcurrido aproximadamente unas tres horas cuando el tren fue aminorando la marcha, para finalmente detenerse en un pintoresco pueblecito con sus típicas casas construidas en piedra esparcidas por las laderas de la colina y mezclándose  armoniosamente con aquel bello paraje. Probablemente habría servido de inspiración a  numerosos poetas, pintores o escritores, ya que parecía reunir todas las condiciones para ello. Dania se apeó en la última parada, ésta se encontraba en las afueras del pueblo, echó un vistazo a su alrededor. La calle principal contaba con dos bares, uno algo bohemio; su terraza de cañizo había servido para improvisar una exposición de cuadros,  y litografías, mientras las sillas de madera antigua, le daban un sencillo pero natural encanto. El otro era el tradicional bar de pueblo. En un extremo de la calle había una pequeña tienda de comestibles de donde salía y entraba gente continuamente. La iglesia se encontraba ubicada en una pequeña plaza, junto a una rudimentaria  fuente. Dania dejó la fuente a su derecha e inició su pequeña excursión.

A unos 3 km. del pueblo, girando a la izquierda empezaba la bajada hacia una rocosa y paradisiaca cala de limpias y cristalinas aguas. Dania giró a la derecha y  atravesó un sendero que se abría paso hacia el interior de un gran bosque lleno de angostas pendientes, encinas y  olivares, con pequeñas cascadas que brotaban a través de las montañas, para finalmente desembocar en un torrente. El verde de sus prados contrastaba con los rayos del sol que  se filtraban entre  las copas de los árboles;  a lo lejos, se divisaba un claro con frondosos pinos, era el lugar idóneo para acampar. A  Dania le pareció perfecto y se instaló rápidamente. Algo sofocada por el calor que empezaba ya apretar, se recostó en el tronco de uno de los pinos,  aspiró lentamente impregnando sus pulmones de aquel aire puro, inexistente en la ciudad; una agradable sensación de paz la fue envolviendo y sin apenas darse cuenta se quedó profundamente dormida.

Se vio en una gran habitación parecida a una  sala de espera de  hospital, de color  blanco intenso  donde había mucha gente sentada. Todos eran desconocidos para ella, la débil luz no le permitía ver con claridad sus rostros, Dania tuvo la impresión de que estaban esperando algo o a alguien. De pronto, un joven de aspecto extraño se acercó a ella, y con gran solemnidad le dijo:

– Ahora vendrá la muerte, si pasa de largo sin mirarte nada te ocurrirá, pero si por el contrario te mira, deberás ir con ella -.

Poco después de haber pronunciado estas palabras, entró la muerte en la estancia. Su apariencia era la de un demacrado y cadavérico monje de gran estatura. El terror que  Dania sintió en aquellos instantes la paralizó por completo, le rogaba a Dios que la muerte no se girara, que no advirtiera  su presencia, pero justo cuando parecía que iba a pasar de largo, la muerte se giró. Una espantosa mueca seguida de una infernal carcajada se dibujó en sus azulados labios. Dania, presa del pánico se despertó sobresaltada. Incapaz de articular palabra alguna y hondamente impresionada pensó en el macabro sueño que acababa de tener. Un escalofrío sacudió todo su cuerpo. El hermoso paisaje que contempló poco antes de quedarse dormida parecía haber cambiado, era ahora triste y gris. Unos nubarrones amenazaban lluvia, la suave brisa se había convertido en un aire gélido y penetrante; la temperatura comenzó a descender considerablemente.
Dania notó que se estaba quedando helada, pensó en encender fuego pero rápidamente descartó la idea, el viento era demasiado fuerte, y ello podría provocar un incendio. El bosque, se iba haciendo cada vez más y más lúgubre. Dania algo confusa aún por las nítidas imágenes de aquella espantosa pesadilla, reanudó su camino.  Después de andar durante largo tiempo divisó una pequeña cabaña en lo alto de una colina, se dirigió hacia allí para resguardarse, pues estaba empezando a llover. La casa se encontraba en un avanzado estado de abandono, lo único que parecía tener alguna utilidad era una deteriorada chimenea, que a pesar de su aparente mal estado parecía que seguía funcionado, un grueso tronco, partido en dos mitades estaba en el interior de un viejo granero, Dania se apresuró a cogerlo y encendió el fuego, sus ropas estaban completamente empapadas, el crepitar de las llamas le recordó que aún sentía frío, mientras una extraña sensación de inquietud y  desolador vacío se fue apoderando de ella. Casi enseguida cesó la tormenta, pero Dania ya no deseaba continuar con la  excursión. Aquellas inquietantes imágenes parecían ahora haber  recobrado más  fuerza en su mente.

Sin vacilar un instante recogió su  mochila y con gesto  cansado se dirigió hacia el pueblo, dónde tuvo que esperar una hora, antes de que llegara el tren. Por fin, éste entró en la estación , Dania sintió un cierto alivio cuando subió al mismo, absorta en sus pensamientos, y con aire distraído, fue observando uno a uno a los otros pasajeros que se encontraban en sus asientos, no había nada en ellos que le llamará especialmente su atención. Hasta que, le reconoció, era  él, el chico que había visto en su sueño. El corazón casi se le paralizó ¡estaba sentado a su lado! Pero, pero, no podía ser,  su rostro,   ¡ Oh Dios!. No era posible, su rostro era… él de la muerte.




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