Una buena caminata

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Una buena caminata

Todos los días salíamos. Siempre caminábamos juntos, jamás apartados. Nuestro cariño se veía, se percibía a kilómetros.

Cada mañana, al despertar, él estaba a mi lado. Sin importar mi estado de humor, mis ganas de levantarme otro día más, sin importar las veces que le dijera que no, siempre lograba convencerme para salir y caminar.

Había ocasiones en las que caminábamos por el parque. Otras, meramente dábamos la vuelta a la manzana. Hubo una vez que nos arriesgamos y fuimos al campo. Fueron horas de viaje para sencillamente correr juntos por aquellas praderas verdosas.

─ ¿No te cansas de salir y simplemente ponerte a caminar? Es ridículo ─oí decir a mi compañera de trabajo. Si bien éramos cercanas, no la consideraba una amiga.

─No, ahora, ¿podrías pasarme ese papel de allí?

─Ajá, pero, si ya… ─dijo mientras tomaba el objeto que le había solicitado. Antes de que pudiese terminar su frase, la cual desde hace varios días estaba repitiendo, tomé precipitadamente la hoja y fui a mi escritorio─ … Vale, ya entendí.

Al llegar a casa lo único que quería era descansar. Aún así, él me recibía con una sonrisa y me acompañaba al dormitorio, donde ambos nos recostábamos sobre el espaldar de la cama y comenzábamos a ver películas en Netflix, esperando ansiosos el amanecer.

 

Una madrugada, mis padres nos sorprendieron con una salida a la playa. Un fin de semana entero en una casa frente al mar. Ambos nos hallábamos ansiosos, ya que sería un lugar perfecto: sentir la arena recorrer nuestros pies, el sonido del mar relajando nuestros cuerpos y diciendo “No se preocupen, su estadía aquí es bienvenida”.

Las huellas que dejábamos a nuestro paso eran preciosas. Aunque, como de costumbre, la oleada las hacía desaparecer. Pero como buenos caminantes, dábamos media vuelta y recorríamos el mismo camino una y otra vez, para marcarlo.

 

El término de ese fin de semana fue bastante triste, pero retornar mi rutina diaria fue peor. Mi compañero de caminatas no se sentía bien, estaba diferente. Ahora yo era la que debía convencerle para salir. Era yo la que debía levantarle y así por lo menos darle una leve vuelta a la calle de nuestra residencia. Estaba decayendo.

Junto a mis padres, lo llevamos con un médico especializado, para que le revisara. Al parecer, algo estaba funcionando mal en su cuerpo, y por ello cada día que pasaba se sentía más cansado. Ni mi familia ni yo teníamos el dinero suficiente para ayudarle, y mucho menos él. Esa noticia me hizo caer en un estado depresivo profundo.

 

Pasaban los días, y ninguno salía. Quería estar con él, no quería que se fatigara más. Nuestra tradición fue menguando, al igual que nuestros ánimos. Todo se fue perdiendo.

─Recuerdo que fue un viernes, estábamos por salir nuevamente a la playa, a la que anteriormente habíamos venido ─susurré suavemente, mirando el atardecer, viendo cómo el sol poco a poco se ocultaba a ras del mar─. Intenté despertarle, probé llamándolo por su nombre… pero no respondió ─Lágrimas sentía correr por mis mejillas, entonar estas oraciones me rompía el corazón─. Era obvio que ese fin de semana no volveríamos a marcar nuestras huellas sobre la arena, el mar ya no saludaría a dos amantes del caminar… Era obvio que ese ser canino, que tanto tiempo estuvo a mi lado, estaba muerto. Era obvio que no volvería a ver a mi amado perro caminar a mi lado.

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