Una madrugada

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Una madrugada

Respiro.
                                      Enseguida mis pulmones se llenan de tanto y de nada a la vez.
                                    Puedo sentir como el oxígeno entra por mis fosas nasales tan frío
                                                                  Y me duele la cabeza por un momento,
                                                       Pasa por mi garganta y llega llenándome el pecho.

   Entonces, ¿Cómo es que a su vez me siento tan vacío, si de hecho, estoy tan lleno?
Puedo percibir el aroma de la noche que lentamente fallece a mi alrededor
Y yo sólo soy un espectador, un cómplice, un oportunista de un delito que no puedo evitar,
Puedo sentir el tacto del frío inundando mis pulmones,
el sentimiento de un nuevo amanecer,
la incertidumbre de un nuevo día que está por llegar.
Nunca he sido alguien muy sentimental,
De hecho, estoy seguro que todos de mí no esperan nada más que sonrisa y alegría
que parecen brotar de mi hasta más no poder.
Sonrió ante mi propia autodescripción.
Sabiendo que más equivocados no podrían estar
Esa es sólo una parte de mí.
Esa que todos quieren ver.
Es lo único que yo soy capaz de enseñar,
Es lo único que yo soy capaz de vender.
Pero la otra cara de la moneda no la conocen,
a pesar de que ha pasado tanto tiempo,
a pesar de todos estos años,
Nadie, nadie puede poner sus manos en el fuego asegurando que me conoce en realidad.
El viento vuelve a soplar gélido
Con el sonido característico del invisible oxígeno corriendo
Alborotándome el cabello más de lo que ya lo estaba,
Y yo que no puedo detener esta nostalgia que con cada segundo me acaba.
Dejo ir todo el aire que había estado reteniendo,
Y en forma de un sonoro suspiro que liberó todo el vaho acumulado,
Veo la forma una espesa nube frente a mí.

Acto seguido escucho como comenzaba la orquesta de cantares;

Eran decenas, tal vez docenas de aves.
Pájaros que no podía ver, pero que podía oír claramente.
Ellos cantaban esa madrugada, dándole la bienvenida a la buena nueva.
Ellos daban inicio a lo que era la obra de arte más hermosa jamás admirada:
La naturaleza frente al lienzo de la vida.
Una obra ignorada y opacada por tantas nimiedades que se nos hacían más importantes
que lo que teníamos frente a nosotros.
Las personas en éste siglo se preocupaban más por esas cosas materiales e insustanciales
que por las pequeñas cosas simples de la vida
Y se perdían de todo lo que nos rodeaba como los tontos que éramos.
Tontos, básicos, superficiales.
Era una madrugada,
Poco más de las cuatro de la mañana,
Sentado estaba yo en aquella banca
De este parque en algún lugar de esta hermosa ciudad
En una gran ciudad en algún lugar de este único país.
Un país que si te detienes a pensar, era tan pequeño, tan poblado.
Y si lo reflexionamos más de quince segundos…
Sonreí en mitad del pensamiento.
Quince segundos me tomaba sentirme tan insignificantemente pequeño.
Porque mientras sentía el viento en mi rostro,
el cantar de las aves en mis oídos,
el aroma del amanecer escarlata en mis fosas nasales
y el sabor de la soledad en mis papilas gustativas,
Mientras inevitablemente presenciaba la obra que se pintaba lentamente en el cielo,
producto de los más hermosos colores,
combinados a la luz de la luna que ahora moría.
Yo no podía evitar perderme en la inmensidad de un universo
que no alcanzaba siquiera a ver con claridad.
Era imposible no sentirse tan pequeño,
tan frágil y tan insignificante ante tanta inmensidad
De un universo del que no conocemos ni la mitad.
Yo que creía tenerlo todo.
No tenía nada.
Aunque las aves me cantasen
y el azul se estuviera convirtiendo en naranja justo frente a mis ojos,
Y aunque todo esto fuese gratis,
y el espectáculo no pudiese ser mejor admirado,
a pesar de que fuera lo más hermoso que mis ojos hayan presenciado…
Y la orquesta me cantara sólo a mí,
Yo… no tenía nada.
Yo… soy tan pequeño.
No quería más ver la luna que se escondía,
no quería perderme en la inmensidad y profundidad del cielo,
siquiera quería volver a admirar las estrellas de nuevo
Rehusado me había perdido en la inmensidad del nuevo día.
Oh, ¿Dónde estás?
Las aves no paraban de cantar para mi ahora que el escarlata era cada vez más evidente,
la luna caía dormida
y se llevaba con ella sus fieles, nocturnas y pequeñas compañeras titilantes.
En la lejanía vi una estrella tras otra.
La primera era enorme,
asomaba a penas por los bordes del horizonte hasta donde mi vista llegaba.
Imponente y hermosa, iluminaba la ciudad con su tenue luz,
se alzaba imponente tras mi otra estrella.
Ésta otra estrella era pequeña,
era hermosa, era brillante y aunque no iluminaba toda la ciudad con su luz,
iluminaba mi vida y sentido de razón,
Y aunque no calentara los edificios; calentaba mi corazón.
Ésta estrella no se alzaba sobre mí, sino que se acercaba.
Mi estrella caminaba con paso vacilante y la mirada perdida.

¿Dónde estás tú…?

Me levanto de mi asiento para recibirlo,
enseguida dejé atrás todo pensamiento de universos infinitos,
arte de naturaleza, la perfección en los tonos del canto de los pájaros
y mi insignificante existencia comparada con la inmensidad de lo desconocido.
Contento de al fin mirarlo llegar,
me doy cuenta de ello que no me ha dado tiempo de reflexionar,
y es que estoy frente a un espejo,
que no he podido notarlo desde lejos,
pero el amanecer de la madrugada no era otro,
más que mi parte luminosa partiendo.



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