El día del padre
El sol se filtraba en tonos dorados a través de los ventanales del Halcón Milenario, estacionado en un pequeño puerto de la Nueva República. Han Solo dormitaba en el asiento del piloto, con los pies sobre el panel como si no tuviera más responsabilidades que vigilar el paso de las nubes.
—Papá… —susurró una voz pequeña.
Han abrió un ojo. Allí estaba Ben, aferrando algo detrás de la espalda. No era tan pequeño como para meterse debajo del tablero de comunicaciones, pero tampoco tan mayor como para que su voz dejara de sonar un poco temblorosa.
—¿Qué pasa, campeón? —preguntó Han, incorporándose.
Ben respiró hondo.
—Hoy es el Día del Padre —dijo con gravedad infantil—. Y te hice esto.
Le tendió un objeto envuelto en una tela azul. Han lo tomó con cuidado exagerado, como si temiera activar un detonador térmico viejo. Al retirarla, se encontró una pequeña figura tallada en madera rojiza: el Halcón Milenario, torcido, irregular, lleno de líneas imperfectas… pero inconfundible.
—Lo hice yo —dijo Ben rápidamente—. Chewie… bueno… me ayudó un poco. Solo un poco.
Han sintió que algo se apretaba en el pecho.
—Ben… esto es increíble. De verdad – con Ben pegado al costado de su padre, Han pensó que tal vez, solo tal vez, ser padre era incluso mejor que ser piloto.
El niño abrió los ojos con sorpresa, como si no esperara que su padre lo dijera en serio.
—¿En serio? Porque… yo quería dártelo antes de…
Se detuvo. Tragó saliva.
Han apoyó una mano en su hombro.
—¿Antes de qué, hijo?
Ben bajó la mirada.
—Antes de irme con el tío Luke. Hoy mismo… esta tarde. Mamá dijo que es un buen día para empezar mi entrenamiento. Que… que estoy listo.
Durante un segundo, Han Solo no dijo nada.
A veces, en medio de un tiroteo, tenía respuestas instantáneas. Pero esto… esto era diferente.
Ben continuó con voz baja:
—No quiero irme sin darte algo. No hoy.
Han lo abrazó. No uno de esos abrazos cortos y torpes que daba cuando alguien más miraba; uno firme, largo, como si cada respiro contara.
—Escúchame, Ben —dijo finalmente—. Vas a estar bien. Luke es… bueno, es Luke. Te enseñará cosas que yo nunca podría. Y vas a hacer grandes cosas allí, lo sé.
Ben sonrió apenas.
—¿De verdad crees que seré un buen Jedi?
Han soltó un suspiro entremezclado con una risa suave.
—Creo que vas a ser exactamente lo que quieras ser. Y eso ya es mucho más de lo que este viejo contrabandista consiguió cuando tenía tu edad.
Ben lo miró, los ojos brillantes.
—Prométeme que cuando vuelva… volaremos juntos por la galaxia.
Han le revolvió el pelo.
—Hijo… cuando vuelvas, te dejaré incluso encender los escudos del Halcón.
—¿De verdad? —preguntó Ben, con una mezcla de emoción y escepticismo.
—Bueno —dijo Han—, siempre que no se lo cuentes a tu madre.
Ben se echó a reír. Y por un instante, el futuro oscuro que algún día lo reclamaría parecía imposible. Solo había un padre, un hijo, y una nave vieja que los había llevado siempre donde más importaba: juntos.
Mientras bajaban por la rampa para reunirse con Leia y con Luke, que esperaba pacientemente junto a su X‑wing, Han apretó un segundo más el pequeño Halcón tallado.
Ese día, más que cualquier otro Día del Padre, sintió que estaba sosteniendo algo verdaderamente valioso.
No la nave más rápida de la galaxia…
Sino el corazón de su hijo, justo antes de que emprendiera su propio camino.


