cuentos del sábado

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EL GRAN PROMESERO
¡Vendo juguetes, herramientas, medicinas sanalotodo, armas para exterminar narcotraficantes y subversivos; vendo la piedra de la felicidad; vendo la paloma de la paz; vendo ilusiones, vendo ilusiones! Así proclamaba a gritos el gran promesero desde su estrado en la plaza mayor de todos los pueblos y ciudades que visitó durante muchos meses. El pueblo, subyugado por tantas promesas y tanta palabrería, aclamó al gran promesero y lo eligió su rey. Pero como éste, al igual que muchos otros, sólo ofrecía ilusiones, el pueblo siguió muriendo de hambre y de miseria.

FINAL DE SUEÑO

Se pasó muchos días tocando a todas las puertas. Oficinas, fábricas, almacenes, colegios; todos los sitios en donde creyó que podría encontrar una posibilidad para abrirse un camino honrado en la vida, recibieron su visita.
Después de muchos trabajos y desvelos y no pocas hambres, tenía en sus manos un título universitario con el cual soñaba alcanzar las puertas de su buen destino. Pero, en algunos sitios le contestaban con displicencia y aún con altanería, en otros la miraban con hambre lujuriosa y le lanzaban oscuras proposiciones. Era consciente de su juventud y belleza pero quería conservarse digna. Una valiente actitud en una época de antivalores. En ocasiones, ni siquiera se dignaban contestarle el saludo. Cada día que pasaba sus esperanzas se iban derrumbando como las casas viejas de su vieja ciudad.
Se pasó muchos días tocando a todas las puertas. Oficinas, fábricas, almacenes, colegios; todos los sitios en donde creyó que podría encontrar una posibilidad para abrirse un camino honrado en la vida, recibieron su visita.
Un atardecer lluvioso mientras cruzaba la avenida, ensimismada, soñando despierta con una sonrisa triste en los labios, un gigantesco camión  cortó brutalmente su sonrisa y se llevó sus sueños enredados en las enormes ruedas. Eternizado quedó en el aire un último alarido angustioso y sobre el húmedo y frío pavimento, el diploma universitario.
HAMBRE
El hombre dobló la esquina con paso vacilante. A primera vista, parecía un borracho trasnochado, pero al mirarlo de cerca se veía en su rostro macilento y surcado de prematuras arrugas, la huella del hambre y el sufrimiento. Un hambre de muchos días y un sufrimiento eterno.
Arrastrando los pies con paso cansino, el hombre se acercó a los tarros de basura de un restaurante situado en mitad de la cuadra donde varios perros se disputaban a dentelladas y gruñidos las sobras de comida. El hombre sacó del bolsillo del harapo que le servía de pantalón una bolsa de papel sucia y arrugada. Después de espantar con un gesto y un remedo de grito a los gozques callejeros, metió la mano en los basureros. Uno tras otro los revisó afanosamente, pero sólo consiguió un par de mendrugos de pan sucio y duro que guardó avaramente en el fondo de la bolsa.
El hombre dobló la esquina con paso vacilante. A primera vista, parecía un borracho yrasnochado, pero al mirarlo de cerca se veía en su rostro macilento y surcado de prematuras arrugas, la huella del hambre y el sufrimiento. Un hambre de muchos días y un sufrimiento eterno.
De pronto, algo llamó su atención: a pocos metros y junto a una vieja puerta en ruinas, recuerdo mudo del terremoto ocurrido unos años antes, algún ebrio noctámbulo había vaciado su estómago. En medio del vómito ya seco, se podían ver algunos trozos de papa, yuca y algunas piltrafas de carne. El hombre miró aquello con desesperada avidez y sin dudarlo un segundo echo mano a su presa con dedos temblorosos y la metió apresuradamente en la sucia bolsa de papel, temeroso tal vez, de sus cuadrúpedos rivales. Sólo quien ha sufrido los zarpazos del hambre, puede entender la conducta del famélico personaje. Para la inconsciente mayoría es un acto absurdo, reprobable y asqueroso. El hombre caminó hasta la esquina donde ya el sol matinal calentaba la acera. Se sentó en el suelo, lanzó una última mirada hacía la jauría, abrió la bolsa y empezó a comer.

BRINDIS POR UN AMOR IMPOSIBLE

El avión se remontó sobre el congestionado aeropuerto internacional, como una flecha de plata brillando en el azul espléndido de la mañana veraniega. Yo, para hacer más soportable el largo viaje y la nostalgia de dejar atrás tres años de mi vida, llamé a la bella aeromoza y la pedí un whisky en las rocas. Junto a mí, un caballero muy elegante, entrecano y luciendo unas costosas gafas de sol, me imitó y pidió otro para él. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, ambos apuramos nuestros tragos de un solo golpe y de inmediato pedimos otro, sin mirarnos, sin hablar ni una palabra.
Al igual que la primera vez, los dos vasos se vaciaron simultáneamente y lo mismo ocurrió con el tercer trago. Ya con tres whiskies generosos y tan seguidos, en mi humanidad, empecé a pensar en los caminos entrañables que había hecho en mis dos años de estadía en la gran capital que tiene fama de ser la más poblada y contaminada del mundo. Me invadió una enorme nostalgia al recordar aquellos camaradas con los que había compartido las aulas universitarias, así como también las largas noches de artística bohemia, las aventuras amorosas, los viajes, los triunfos y los fracasos. Casi no pensaba en mi familia, en los amigos ni en el trabajo que me esperaban en mi pequeña y vieja ciudad. Quizá por los efectos del alcohol, la tristeza por lo que dejaba era más fuerte que la alegría por lo que me esperaba. Sin darme cuenta casi, los ojos se me llenaron de lágrimas. De pronto, miré a mi compañero de asiento y avergonzado traté de ocultar el rostro. Pero, para mi sorpresa, el hombre, que se había quitado los anteojos, me miraba también con el rostro bañado en lágrimas y con un gesto de desolación tan grande, que me pareció que no había en el mundo un ser más triste y solitario que aquel. Por primera vez nos miramos a los ojos. Fue una mirada larga y franca de dos hombres
solos. Ya no ocultamos nuestro llanto, que brotó espontáneo y sincero para desahogarnos. Luego, más serenos, empezamos a conversar. Yo me presenté, le conté de dónde era, de dónde venía, y el porqué de mi tristeza. El no quiso darme su nombre, pero me contó que era un profesional exitoso, y, agregó: 
–“Usted llora por los amigos que deja atrás, yo lloro por un amor imposible del cual acabo de despedirme”.
Luego se recostó sobre mi hombro y sollozó de nuevo, amargamente. Yo empecé a preocuparme y francamente a desconfiar. ¿No sería uno de esos a quienes el qué dirán les impide salir del armario? Pero me tranquilicé cuando el hombre, ya un poco más calmado, continuó relatándome el
motivo de su amargura.
–“Vengo de Norte América, de una de esas grandes y tumultuosas urbes sin alma donde todo puede suceder y sucede. Allá vive la mujer que amo desde siempre. Ella también me ama. Pero está casada y tiene dos hijos. Todos los años, con cualquier pretexto, viajo hasta allá para visitarla. Me alojo en su casa, porque su esposo es mi gran amigo. Duermo en la alcoba de sus hijos, que podrían ser también los míos. Buscamos el
más mínimo pretexto para estar juntos y hacemos el amor como locos, pero siempre en medio de sobresaltos, con un enorme complejo de culpa. Llevamos así muchos años, y hoy nos despedimos para siempre. Ella dice que ya no puede soportar más esta situación. Fue una despedida dolorosa, en medio de lágrimas pero sin reproches”.
Durante el tiempo que duró el vuelo, continuamos contándonos nuestras mutuas aventuras y desventuras, como si nos hubiéramos conocido desde siempre, como viejos cómplices de alegrías y penas. Hasta que el avión aterrizó y se detuvo en la terminal aérea. Yo debía trasbordar a otra aeronave, pero tenía tiempo suficiente para acompañar a mi incógnito amigo a tomar un taxi.
Estábamos al borde de la acera, él con su equipaje en la mano. Yo, intrigado y queriendo darle un poco de ánimo, le dije:
–“Yo creo que usted tiene derecho a rehacer su vida, a vivirla a su antojo y a ser feliz con la mujer que ama. Si ella le corresponde, qué les importan las conveniencias sociales y el matrimonio y el qué dirán. ¡Búsquela de nuevo. Sean felices!. El hombre me miró con sus ojos apagados y su rostro de soledad y desamparo, y tomándome del brazo me contestó:
–¡No puedo, no podemos ser felices! ¡Es un amor imposible! ¡Es un amor maldito! ¡Ella es mi hermana!

EL CAMPEON
–“Este gallo es un campeón. Es un gallo cubano-argentino cruzado con filipino”.
Así alardeaba el forastero con el inconfundible acento de las tierras cafeteras del norte. Se notaba en la voz estropajosa y el tufo agrio del guarapo, que había bebido bastante.
–“¿Quién apuesta, quién juega? ¡Doy veinte a uno!” Decía el forastero, mostrando un hermoso animal colorado con una gran cola tornasolada que brillaba bajo el sol de los venados.
Los campesinos que hacían ruedo, lo miraban entre burlones y desconfiados.
–“¿Quién juega, quién le apuesta a mi campeón?” Silencio.
–“Se lo juego”, dijo de pronto, con voz tímida, un viejo que estaba sentado sobre una gran piedra, y, sacó de debajo de la ruana, sucia y raída como él, un gallito insignificante, pequeño, amarillo y coliblanco. El forastero soltó una carcajada burlesca.
–“Se lo juego, pero despídase de su animalito”,
respondió.
Los soltaron en el ruedo improvisado en el patio de tierra campesina y humilde. Miradas, acechanzas, jadeos, embestidas, relampagueo de plumas, espuelas lanzando puñaladas al aire, gritos: ¡ Vamos campeón! Y de pronto, una maldición, dos, diez, mil maldiciones. Luego, el silencio, un gran silencio pesado, denso, como de plomo…
Media hora después, el forastero iba por el camino, cabizbajo, llorando y maldiciendo. Bajó el brazo llevaba los restos sangrantes de su campeón cubano-argentino cruzado con filipino.
El viejo seguía sentado sobre la piedra.
LA COBARDÍA

Llegó al pueblo un día cualquiera, después de muchas horas de viaje e insomnio, huyéndole a los malos recuerdos, hastiado de la vida, a pesar de sus escasos veinticinco años. En la lejana capital de su infancia, dejó regados a través de calles y puertas anónimas, muchos sueños y pesadillas, amores y desamores, fracasos y apostasías y sus muchas muertes que lo dejaron vacío como un cántaro roto.
Nacido en cuna de oro, acostumbrado desde siempre a satisfacer sus caprichos, a mandar por las buenas o por las malas a parientes y criados; nunca tuvo voluntad para terminar sus estudios ni para hacer algo útil y provechoso en su propio beneficio y menos en el de los demás. Siempre pensó que el dinero, que a manos llenas recibía de su padre, era inagotable y con ello, todo cuanto aquel puede comprar: alcohol, mujeres, drogas, amigos, es decir, goce mundano, derroche, o mejor, desperdicio de energías y de vida. Pero eso para él era lo de menos. Él era un joven exitoso con las mujeres y esto era lo más importante. Esa era su mezquina percepción del mundo, de la existencia, de los seres humanos.
Pero, la vida castiga, e impensadamente, brutalmente, su mundo se derrumbó de un momento a otro. Su padre, hasta entonces un exitoso ingeniero, dueño de varias empresas constructoras, socio de los más exclusivos clubes y amigo de aprestigiados políticos e industriales, y, como consecuencia de la gran crisis económica del país, se declaró en quiebra, quedó en la ruina absoluta…
El muchacho no pudo resistir el golpe. Pensó entonces, que la vida era un peso imposible de soportar, un absurdo y doloroso horizonte de plazos cumplidos, angustias ahogadas en alcohol y una total desesperanza, como un viajero que ha perdido su equipaje. Entonces quiso quitarse de encima un lastre tan enorme, acabar con todo de una vez por todas. Pero solo en aquel momento entendió que era tal su cobardía, que no tenía valor ni siquiera para eso.
PASAJERA DE VERANO

Yo subía por la empinada callecita que no conocía aun el pavimento, a pesar de estar a solo cinco cuadras del parque central. Al pasar por la Casa de Alto, la vi, con su piel de luna, sus ojos nocturnos, sus trenzas de azabache y la faz risueña y exultante de sus catorce primaveras.
Desde ese día, empecé a soñar con ella dormido y despierto. La veía en la almohada de mis insomnios; la veía en los libros de español, de química, de física, de filosofía; la veía en el tablero del salón de décimo grado. Hasta en la custodia de la capilla se me aparecían sus ojazos negros y soñadores.

Desde el antejardín de mi casa espiaba sus salidas para poder verla un momento y hablarle, aunque fuera una palabra, dirigirle un saludo. Cuando estaba cerca de ella, me contentaba con mirar, extasiado, su sonrisa luminosa. Sentía un nudo en la garganta, apenas podía articular palabra. Olvidaba el discurso que todas las noches preparaba el momento de mi encuentro con ella. ¿inexperiencia? ¿Cobardía? ¿Temor? Nunca sabré la respuesta. 

Así transcurrió todo el verano. Y de pronto, una noche de finales de agosto, llamó a las puertas de mi casa, mi hermosa vecina acompañada de su madre y de su abuela, viejas conocidas de mamá. Venían a despedirse, pues al día siguiente, regresarían al lejano lugar de su residencia en los Llanos de Venezuela. Apenas tuve tiempo de estrechar sus manos temblorosas, entre las mías heladas y sudorosas. Después me quedé solo, perdido en un mar de preguntas sin respuesta: ¿Por qué todo el año no era verano? ¿Por qué los sueños son tan volubles? ¿Por qué es tan breve la adolescencia? ¿Por qué… tantos por qué?

Nunca más volví a verte, fugaz pasajera de mi adolescencia, pero siempre guardaré en un rincón de mis recuerdos tus grandes ojos negros y tus trenzas de azabache.

LOS CABALLOS DEL ALBA

Cuando las campanas hicieron el primer llamado a la misa de cinco, José ya llevaba mucho rato parado en la esquina de la alcaldía, bajo la llovizna madrugadora y fría que bajaba del cerro cercano.
El retumbar de cascos de caballo sobre las viejas piedras de la calle Real, le indicaron al joven enamorado que había llegado el momento de dar una última mirada a su muchachita del alma, su primer amor de niño, de joven, de hombre, de siempre. Su Inesita de negros cabellos y ojos tímidos, a quien conociera una mañana de verano, soleada y dominguera al salir de la misa del padre Fontal.
Se iba, o mejor, se la llevaban para siempre hacia la ciudad lejana y colonial, escoltada por su madre, seis hermanos, cinco hermanas, tres tías solteronas, cuatro criados y Juana, la dama de compañía, cocinera, entrera, aseadora y mandadera, que adoraba a su niña y la defendía de todo y de todos.
–“ Nos vamos”, había dicho mamá Otilia, “para que se le quite el embeleco de enamorarse del hijo de un simple sargento, herrero y además, pobre. ¡ Eso no lo puedo permitir ! ¡ por algo es la hija de un general, un general de la guerra de los mil días !”.
José siempre se había preguntado qué tendrían los generales y sus vástagos que no tuvieran los sargentos y los suyos. Por más que miraba y remiraba, comparaba y volvía a comparar, no encontraba la diferencia que le permitiera a la madre de su enamorada hacer tal discriminación.
Cuando la cabalgata pasó por delante del atribulado muchacho, éste apenas tuvo tiempo de mirar con ojos de sentenciado a muerte a su adorada y de hacer un gesto de adiós con la mano.
–“ Yo sentía que los cascos de los caballos me repicaban sobre el corazón”, relataría muchos años después a sus hijos en una de esas interminables tertulias que tenían lugar después de la cena, mientras escuchaban los gritos de la lluvia decembrina y los lamentos del viento en los tejados patinados por la ceniza volcánica.
Mientras contemplaba la silueta difusa de la mujer querida perdiéndose a lo lejos por la esquina del hospital, con el rostro bañado en lágrimas mezcladas con lluvia, tomó una resolución que le enderezaría para siempre el rumbo: se presentaría para el servicio militar, y así, estando en la ciudad, rescataría, para bien de ambos, a la niña de sus sueños, su Inesita de negros cabellos y mirada tímida.
José era hombre de resoluciones rápidas y de palabra verdadera como se lo había enseñado el viejo sargento y herrero que fue su
padre. Como lo dijo, así lo hizo al pie de la letra. Sesenta y cinco años y cuatro meses después terminó de contar su historia.
CUCARACHAS VOLADORAS

¡Aayy! En el silencio majestuoso de la noche procesional, el grito de Moni sonó como una bomba. En pocos segundos se puso en movimiento el aparato de seguridad: policía, ejército, defensa civil, cruz roja, regidores, curas, arzobispos, obispos, canónigos, agentes secretos y hasta los barrenderos que tradicionalmente encabezan los desfiles sacros, acudieron más que de prisa a la esquina de la torre donde se escuchó el terrible grito femenino.
El señor Arzobispo y el coronel Matagodos, comandante de la guarnición de la ciudad fueron los primeros en llegar. Detrás, toda la multifacética tropa seguida de innumerables curiosos; vendedores de maní, chiquillos asustados, viejas beatas. Una larga gama de locales y visitantes confluyeron en la tradicional esquina.
Al fin, Su Ilustrísima, primera voz religiosa de la región, preguntó con voz solemne y expectante a la adolescente que, petrificada, muda y con los azules ojos reflejando un enorme pavor, señalaba al paso del Amo:
–“¿ Qué os pasa hija mía?”

Sólo respondió el gesto mudo de señalar con su mano la venerada imagen. Intervino entonces el militar y con enérgica voz de mando, como si estuviera frente a un pelotón de soldados rasos, ladró:
–“¡Señorita hable. Por qué gritó! ¿ Qué le pasa?”.
Ante el trueno de la voz castrense, la muchacha sacudió su rubia cabellera y trató de abrir la boca, pero nada. Todos expectantes. Por primera vez en cuatrocientos cincuenta años de historia y tradición ocurría algo tan grave que rompía bruscamente las rígidas normas de la Semana Mayor. Moni hizo un segundo y fallido intento de articular palabra.
Entre la multitud se hacían conjeturas maliciosas: Vio al judío errante. No, tal vez a la monja sin cabeza. Al fraile. A la momia. Al diablo. Sucedió entonces algo insólito, único y tragicómico.
Del paso del Amo, se elevó de pronto una pequeña sombra oscura que voló directamente al rostro de la joven. Aterrada, ella apenas pudo balbucir sollozando: “¡Una cu,una cu…ca…ra…cha…!”.

POLVOS PARA DORMIR

La señal convenida, dos silbidos breves, sonó a las cuatro en punto de la fría madrugada veraniega en la ciudad que se durmió en el tiempo sobre marchitos laureles y rimbombantes abolengos.
La novia que esperaba impaciente la mágica llamada del amor, se levantó con cautela y se alisó la falda con las manos pues, se había acostado vestida, como una vestal griega, para ganar tiempo. Tomó los zapatos en la mano y, en puntillas, inició el difícil camino para salir del dormitorio que compartía con Luz, su hermana.
Luego tenía que atravesar la pieza de los muchachos, sus hermanos; por último, lo más complicado: llegar a la gran alcoba donde dormían mamá Otilia, maestra graduada en la Normal de Señoritas de la capital, y Rosa, la hermana mayor con eterna vocación de solterona y cascarrabias, “Minguerra”, como la llamaba Alfonso, el hermano que trabajaba como un forzado para sostener a una familia formada por la madre, tres hijas, cuatro hijos, los criados y Juana, la mujer que servía a la familia desde tiempos inmemoriales, mucho antes de la muerte de papá Polo.
El asunto no era sólo llegar sino agarrar la enorme llave de hierro forjado que aseguraba el portón de la casa, y que todas las noches, muy a las siete, después de enllavar la entrada al caserón, la matrona colocaba sobre el gran armario de madera de cedro, ubicado en el rincón más lejano de su dormitorio. Claro que Dios o la suerte, no se sabe aún cuál de los dos había estado de parte de los novios, precisamente en esos días. En efecto, una tremenda epidemia de gripe se abatió sobre el hogar de la respetable viuda de Garcés.
La única que se salvó de la peste fue Inesita, y era ella, la improvisada enfermera quien, después de cenar, debía servir a cada uno de los enfermos una taza de agua de panela caliente con un mejoral, milagrosa pastilla de la época contra dolores, fiebres, resfriados y otros achaques.
El cabo López vió en esta circunstancia la ocasión propicia para burlar la intransigencia de su suegra y demás parentela. La enfermería del batallón fue su primer objetivo. Allí, con engaños y estratagemas, consiguió un puñado de somníferos, y usando una botella de cerveza y una hoja de periódico molió las tabletas reduciéndolas a polvo, y en la primera ocasión, entregó a su prometida un sobre con el producto obtenido.
La noche en cuestión, la jovencita, muy acuciosa, hizo beber a toda la familia, incluidos los criados, la pócima dulce a la cual había adicionado el polvo para dormir. Pronto, todos roncaban como osos hibernando.
Cuando la nerviosa novia iba a tomar la llave grande y pesada, cantó un gallo que Clemencia la cocinera de la tía Clelia, tenía en el patio, y en seguida Rosa habló dormida: “La misa, la misa de cinco”. Inés sintió que el corazón se quería salir de su pecho. Casi suelta la llave y estuvo a punto de retroceder. Pero el amor es una fuerza misteriosa que le dio alas a sus pies y valor a su corazón.
Al fin salió al corredor de ladrillos centenarios, desgastados por el uso de generaciones. El aire de la madrugada le dio más fuerza aún. El último obstáculo era la puerta de la calle. Suavemente introdujo en la herrumbrosa cerradura la llave enorme como la del cielo, que cargaba la imagen de San Pedro en un nicho de la catedral. Al fin en la calle, cerró la puerta con cuidado, otra vuelta de llave y luego, introdujo la gran herramienta por debajo de la puerta, y sin vacilar, caminó hacia su destino.
El militar esperaba impaciente en la esquina, bajo la luz de un farol. Apenas divisó a su amada, corrió a su encuentro, la tomó de la mano y se dirigieron casi corriendo a la iglesia de San José o de la Compañía, apenas a cuatro calles de allí.
La luz del amanecer se filtraba tenuemente por las rendijas de puertas y ventanas, cuando mamá Otilia se puso en pie y como era su costumbre, atravesó la pieza de los muchachos para entrar en la de sus hijas. Como Inesita sufría con frecuencia graves crisis de asma, era objeto del amoroso cuidado materno. Al primer golpe de vista notó la ausencia de su consentida y la terrible corazonada casi la hizo caer de bruces.
La orgullosa dama, que presumía de sangre azul (sangre de bolígrafo, diría más tarde el cabo López) y de antiguo linaje, se había opuesto siempre a que su hija predilecta, hija del general Apolinar Garcés, veterano de la guerra de los Mil Días, se uniera con un soldadito, hijo de un simple sargento, herrero y además, pobre. ¡Eso nunca. No lo permitiría!. Así que, con voz de mando, levantó a sus hijos varones y les ordenó salir inmediatamente en busca de la fugitiva.
–¡Y no regresen sin ella! Fue la ordenó tajante.
En una fanática y remota ciudad provinciana, en la primera mitad del siglo, las costumbres familiares eran extremadamente rigurosas e implacables, en especial con las mujeres. No se concebía un matrimonio a espaldas de la autoridad paterna, o materna, como en este caso, ante la ausencia forzosa del paterfamilias.
Cumpliendo la orden materna, los gemelos Gerardo y Vicente, por un lado, y Alfonso, por otro, salieron para visitar todas las iglesias que, en esa época, no eran más de media docena, en busca de la hermana que se escapó detrás del amor. Desde San Camilo hasta la Catedral, desde San Francisco hasta Belén inspeccionaron todos los rincones, se metieron en confesionarios y sacristías, buscaron detrás de las puertas, preguntaron
a las beatas que salía de la misa de cinco de la mañana, pero nada. Entonces ampliaron su radio de acción. Fueron a la policía, a los bomberos, al pabellón Primo Pardo, a la estación del ferrocarril, indagaron en casa de amigos y familiares. No se quedó ningún rincón del mercado central, ni de los parques de la pequeña viña por revolver ni mirar. Ni rastro de la hermanita.
Definitivamente el destino inexorable de los humanos, del que hablaban los griegos, es algo serio e implacable. Cuando los dioses, llámense Yahvé o Cristo, Alá, Manitú o Cupido, están de parte de los mortales, nadie, ni siquiera una madre dominante y celosa, con aires de grandeza, puede oponerse. En efecto, los minuciosos hermanos en su papel de detectives, buscaron por todas partes menos en el único y preciso lugar donde, mientras ellos hacían sus pesquisas, la señorita Garcés Garcés Quintero del Campo y Larrahondo, pronunciaba el SI que la uniría con el humilde cabo López, literalmente hasta que la muerte los separó sesenta y cinco años y cuatro meses después. Por esas cosas inexplicables del destino, la comisión de búsqueda cometió el pequeño gran error de pasar de largo frente a las puertas de San José, el único templo al cual debieron entrar.
Después de un par de horas, cabizbajos y derrotados, los tres hermanos regresaron a la casona de San Camilo para dar a la madre la desagradable noticia.
Mientras tanto, los nuevos esposos, que habían podido llevar a cabo su hazaña gracias a la complicidad única de la prima Eugenia, salieron del templo y lo primero que se les ocurrió fue informar a la familia del hecho cumplido e irremediable.
Del brazo de su flamante esposo, Inesita llegó hasta la puerta de la que, hasta ese día, había sido su casa. Se detuvo, dudando un momento. Lentamente levantó el pesado aldabón y de pronto, con resolución, lo dejó caer tres veces. Fueron tres golpes que ella recordaría hasta el final de su larga vida, y que relataría una y otra vez a sus hijos en las largas veladas que compartió con ellos. Lo que ocurrió en seguida, sería un episodio que pasaría a formar parte del bestiario familiar.
No bien habían terminado de sonar los tres golpes, cuando la puerta se abrió bruscamente. Era indudable, que la madre había estado espiando detrás de la puerta, esperando a la hija. Con gesto humilde, sin mirarla a la cara y con voz entrecortada, la muchacha al fin habló:
–“Mamá, me casé. Deme la bendición”.

Pequeña, robusta pero con mirada altiva, doña Otilia Garcés del Campo y Cuarterón, reunió toda la frustración y la amargura, el orgullo de su prosapia y la ira santa de su autoridad, para responder seca y tajante: 
–¡Ajá, gran cosa fuiste a hacer! Y le dio con la puerta en las narices.

LA MUERTE TIENE CARA DE NIÑO

Cuando sonó la campana para dar fin a la jornada matinal, ese medio día de mayo, Aníbal y sus amigos salieron riendo y atropellándose unos a otros del viejo claustro escolar situado cerca al puente de grandes arcadas, ladrillos rojos e historias sin fin.

No querían perder tiempo para disfrutar del juego de cowboys en el gran solar de la casa de Aníbal, la vieja casa heredada y vuelta a heredar en una sucesión centenaria. Con su imaginación desbordada de niños aspirando a ser adolescentes, se sentían los machotes, héroes o villanos de las películas de pistoleros que protagonizadas por Gary Cooper o Luis Aguilar, se exhibían con frecuencia en los tres cines de la ciudad colonial.
Bajo un sol que golpeaba como un mazo candente, los muchachos, divididos en los consabidos bandos de “tipos” y “bandidos”, corrían agazapados escondiéndose tras los árboles de madroños, guayabos y corpulentos michinches. De vez en cuando asomaban la cabeza para disparar con sus pistolas de plástico, acompañando el ademán con la onomatopeya característica del disparo ¡PUM! ¡PAG! ¡PAM!.
En medio del calor del juego, el anfitrión recordó que su padre, militar retirado, guardaba en un rincón de su armario un revólver, para espantar a los ladrones, como él mismo lo manifestó después a las autoridades. Al jovencito le pareció emocionante alardear delante de sus compañeros del Champagñat, con un arma de verdad, diferente a las pistolas de Kiko, de sus amigos. Nunca le pasó por la mente, que la muerte se puede disfrazar de muchas maneras, inclusive adoptar el rostro inofensivo de un niño. En medio de los gritos y risas de la muchachada, se escuchó de pronto, algo diferente. Un sonido seco, estruendoso, brutal. Un hilo de humo tenue y con olor a funeral salió del corredor de la casa, y en seguida la voz agónica de Montealegre: ¡Me mataron!. Luego se hundió en un silencio total, vacío, sin tiempo, sólo el sol escandaloso en mitad del azul inmenso.

EL ÁNGEL CIEGO

Héctor estaba encaramado en lo más alto del árbol arrancando una gruesa y madura guama, cuando oyó el chillido que de una vez y para siempre cambiaría en rumbo de su vida. Al escuchar el berrinche de la sobrina, el muchacho se distrajo un segundo, un eterno segundo que se prolongó por el resto de sus días y que aún perdura en su mente perdida entre las nieblas del tiempo. Héctor perdió el apoyo y cayó de espaldas. El sol de los venados entre las ramas del árbol, fue lo último que vio antes de que su cabeza se estrellara contra la tierra endurecida por el implacable verano.
Cuando despertó, varios meses después, abrió los enormes ojos azules, movió la cabeza hacia uno y otro lado, y habló con una voz ajena, como de otro mundo:
–“Héctor no puede ver. Héctor está ciego por culpa de esa hijueputa de la Mariela”.
Vive de la caridad de un pariente que, desde la capital, envía lo necesario para su sustento. Sigue siendo un niño grande desde el día en que despertó luego del absurdo accidente.
Alto, delgado y frágil pero, limpio, empolvado y perfumado por Amparo, la señora que lo cuida como una madre, con una solicitud y una ternura que le niegan sus familiares para quienes Héctor es una carga o peor una vergüenza. El viejo vive perdido entre una selva enmarañada de inconsciencias y recuerdos, pero frecuentemente repite con rabia:
–¡Héctor está ciego por culpa de esa hijueputa de la Mariela!.
En las tardes de sol, cuando Amparo lo deja por un momento en el centro del patio, vestido de blanco, con su piel traslúcida y sus grandes ojos azules, frágiles y etéreos con el reflejo del sol sobre sus espaldas, parece que de pronto va a abrir las alas como un ángel ciego y desvalido en la mitad del mundo.

EL NEGRO CAÍDO

–Señor, que si me da trabajo –dijo la tímida voz del negro, casi un niño. El administrador de la hacienda lo miró los ojos y vio que eran unos ojos honrados y ansiosos.
–Ve al pueblo y me traes cigarrillos. El negro CAÍDO corrió como loco, y en cinco horas hizo el camino que otros hacían en ocho, para cumplir la orden.
Al día siguiente, temprano en la mañana, el sol apenas empezaba a mostrar su rostro en medio de las nubes.
De nuevo el negro:
–Señor, me da trabajo?
Y el administrador sin mirarlo:
–Lavá y aplanchá la ropa de los obreros. Y el negro CAÍDO hizo lo que le mandaron. Se pasó un día entero lavando y otro aplanchando la ropa de dos docenas de trabajadores.
Por tercera vez:.
–Señor, pero me va a dar trabajo?
–Dale de comer a los animales. Era una hacienda con cientos de reses, cerdos, gallinas, patos, pavos, conejos, etc. Pero el negro CAÍDO cumplió la orden al pie de la letra.
Terminaba apenas, cuando apareció el patrón: 
–Ya terminé señor, pero, me da trabajo?
–Me acompañás a revisar los potreros.
Y así, tres, cuatro días, una semana. Y el negro CAÍDO, dale con la cantinela de siempre:
–¿ Señor, por favor, al fin me va a dar trabajo?
Y el administrador mirándolo entre enojado y sonriente:
–¡Negro del carajo! ¡y qué has estado haciendo todos estos días sino trabajando!.

CHUCHO

El hombre subió con agilidad al destartalado colectivo que hacía la ruta hasta el centro de la ciudad. Se sentó frente a mí y empezó a contarme su vida de manera espontánea.
–Mi mujer era tan sinvergüenza que quería que yo trabajara para mantener no sólo a los hijos sino a ella y a sus mozos. ¡Cómo le parece, señor! Yo me la aguanté un tiempo porque la quería. Pero todo tiene un límite, y yo no soy el santo Job, ni mucho menos. Una tarde, decidí largarme. Yo todavía la amaba, a pesar de que me ponía los cachos con cuanto hombre se le arrimaba.
–Salí de la casa, calle abajo, llorando.
– ¿Por qué ahora, Chucho? Me preguntaban los vecinos. Yo callado, seguí de largo y hasta el sol de hoy, no más con esa mujer. Me fui con mi
hija. Pero me salió igual a la mamá. A los catorce años me hizo abuelo. Así que tengo que rebuscarme la vida para mantenerla a ella y al niño. Es tan perezosa que no es capaz ni de hacer el café del desayuno. Todas las mañanas, antes de salir a darle la cara al mundo, le dejo preparado algo de comer para ella y su Niño. ¿Qué tal la nota?

Antes de bajarse del vehículo, Chucho hace un último comentario:
–Voy a encontrarme con una señora de buen corazón, que quedó de regalarme un mercadito. Es que, es muy verraco frentiar esta hijueputa vida, para un ciego...

PESCANDO PECECITOS DE COLORES

Acostado boca abajo sobre el puentecito
de guaduas, la mirada alerta, expectante, fija
en el agua clara de la acequia; el brazo en alto,
la mano como una zarpa, al acecho, aferrando
el pequeño cesto de carrizo que había
tomado a hurtadillas de la cocina en un descuido
de mi madre. Confiaba en que
Sigifredo, mi vecino, hijo de un alemán enorme
refugiado de la segunda guerra y mi
primo Oscar hicieran bien su trabajo de
“espantar los peces”, como decíamos, para
que estos vinieran al encuentro de mi improvisada
red. Eran pececitos de colores, de
aquellos que se usaban entonces en los acuarios
que adornaban las casas de los ricos.
Nosotros no podíamos comprarlos. Eran
demasiado costosos, uno solo valía el dinero
que podíamos tener en un año. Pero soñábamos
con tener un día una hermosa pecera adornada con plantas acuáticas, conchas
como las que nuestros padres habían traído
de Santa Marta hacía varios años y, por
supuesto, los famosos pececitos.

Todo comenzó en el colegio Champagnat
cuando escuche a alguien decir que en la
finca de Don Carlos había peces en abundancia
y de varias clases:”gupis”, “golfis”,
“bailarinas”, “espadas”, etc. El único problema
era que el mayordomo estaba armado y
tenía orden de disparar contra los intrusos.

Sigi y yo decidimos correr el riesgo ignorando
el peligro por dos razones muy sencillas.
Éramos unos niños inconscientes, amantes
de aventuras, fantasiosos e ilusos, y, además
la conocida finca de los Lehmann estaba
situada en los linderos del Cadillal, el barrio
de nuestra infancia; de juegos y de sueños; de
amigos y aventuras; de reñidos partidos de
fútbol entre nuestro equipo formado por los
muchachos de “la barra de la cuadra”, contra
“los patojos del río”. Dichos encuentros
tenían lugar en la manga de los Rojas y no
pocas veces terminaban en batallas campales.
A veces emprendíamos fantásticas
excursiones para cazar unos monstruos horribles más conocidos como lagartijas.

Convencimos a mi hermano Vicente, El
Mono, y a Oscar, para que nos acompañaran,
y, armados del cesto de mamá y de dos
tarros de Saltines nos lanzamos a la gran expedición,
en la soleada mañana de un sábado
veraniego y espléndido.

El sol golpeaba mis espaldas como un
mazo candente pero yo permanecía inmóvil,
aguardando pacientemente la llegada de mi
presa para lanzar sobre ella la pequeña jaula
de carrizo. El Mono era el campanero.
Agazapado tras unos matorrales, totalmente
quieto y vigilante, parecía una estatua sudorosa
con los cabellos dorados por el resplandor
solar.

De pronto, el agua se animó. Un diminuto
rayo plateado cruzó raudo bajo mis narices.
En seguida, dos, diez, cientos de pequeños
cuerpos dorados, plateados, rojos, azules,
verdes, amarillos, un arco iris vibrante, vivo,
estalló ante mis ojos asombrados. Mi brazo
bajó rápido y preciso y volvió a subir al instante.
Miré dentro del cesto, el arco iris en
miniatura, palpitante, aprisionado, estaba
allí, al alcance de mi mano. Lancé un grito de triunfo. Sigifredo corrió a mi encuentro
gesticulando y riendo. Pero súbitamente, la
voz angustiada de mi hermano rompió la
magia de nuestra pequeña hazaña:¡Allí viene
el mayordomo, a caballo!

Peces, latas, cesto, se convirtieron entonces
en un estorboso peso para la huida.
Corrimos desesperados, sintiendo a nuestras
espaldas el galope, cada vez más cercano, del
caballo, En pocos segundos alcanzamos el
alambrado que nos separaba de la libertad. Y
de repente ¡PUM! El estampido de un disparo
y una bala pasó silbando sobre nuestras
cabezas. Con las camisas hechas jirones y el
corazón en la boca caímos de cabeza sobre el
polvoriento camino. Sigifredo, mirando al
mayordomo que se alejaba al paso de su
cabalgadura, exclamó rabioso” ¡Maldita sea! ¡
Qué mala suerte! Se nos quedaron los pececitos
de colores por culpa de ese viejo lambón.
Y Vicente, pálido, acesando por el
esfuerzo de la carrera y mirándonos con ojos
asustados y enormes, exclama con una voz
desolada y llorosa: No jodan, y ahora que le
decimos a mi mamá cuando nos pregunte
por el canasto de hacer el mercado?

EL ARREPENTIDO

Desde que tuvo uso de razón, empezó a
arrepentirse. Primero se arrepintió de haber
dejado de ser un pequeño infante y de tener
que soportar en la escuela la salmodia rutinaria
de los maestros. Se arrepintió luego de su
adolescencia masturbante, de sus amores y
desamores. Luego fue mayor el arrepentimiento
por los diplomas y los títulos y las
obligaciones y los matrimonios y los fracasos
y los hijos y las ingratitudes. También tuvo
tiempo de arrepentirse de los credos y de las
apostasías, de los dioses y de los demonios.

Por supuesto, se arrepintió una y mil veces
de los partidos y de los políticos; de las clases
sociales y de la hipocresía de los convencionalismos;
de las tradiciones, de los monumentos
y de las estatuas. Sintió un enorme
arrepentimiento de la globalización y de la
tecnología, incomprensibles para él.

Terminó por arrepentirse de los años que pesaban sobre sus espaldas, de los amigos, de

la soledad, de la nostalgia; de sus pasos vacilantes,
de las arrugas que marcó el tiempo
sobre su rostro y de los achaque y de las
enfermedades y de la angustia de vivir.

Hasta que una tarde de lluvia desapacible,
se tendió bajo uno de los arcos del puente,
tan viejo como su soledad y su abandono.
Entonces, sintió que ya no le quedaban
fuerzas para arrepentirse más, de nada y, simplemente,
se quedó dormido.




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