PESCANDO PECECITOS DE COLORES
Acostado boca abajo sobre el puentecito
de guaduas, la mirada alerta, expectante, fija
en el agua clara de la acequia; el brazo en alto,
la mano como una zarpa, al acecho, aferrando
el pequeño cesto de carrizo que había
tomado a hurtadillas de la cocina en un descuido
de mi madre. Confiaba en que
Sigifredo, mi vecino, hijo de un alemán enorme
refugiado de la segunda guerra y mi
primo Oscar hicieran bien su trabajo de
“espantar los peces”, como decíamos, para
que estos vinieran al encuentro de mi improvisada
red. Eran pececitos de colores, de
aquellos que se usaban entonces en los acuarios
que adornaban las casas de los ricos.
Nosotros no podíamos comprarlos. Eran
demasiado costosos, uno solo valía el dinero
que podíamos tener en un año. Pero soñábamos
con tener un día una hermosa pecera adornada con plantas acuáticas, conchas
como las que nuestros padres habían traído
de Santa Marta hacía varios años y, por
supuesto, los famosos pececitos.
Todo comenzó en el colegio Champagnat
cuando escuche a alguien decir que en la
finca de Don Carlos había peces en abundancia
y de varias clases:”gupis”, “golfis”,
“bailarinas”, “espadas”, etc. El único problema
era que el mayordomo estaba armado y
tenía orden de disparar contra los intrusos.
Sigi y yo decidimos correr el riesgo ignorando
el peligro por dos razones muy sencillas.
Éramos unos niños inconscientes, amantes
de aventuras, fantasiosos e ilusos, y, además
la conocida finca de los Lehmann estaba
situada en los linderos del Cadillal, el barrio
de nuestra infancia; de juegos y de sueños; de
amigos y aventuras; de reñidos partidos de
fútbol entre nuestro equipo formado por los
muchachos de “la barra de la cuadra”, contra
“los patojos del río”. Dichos encuentros
tenían lugar en la manga de los Rojas y no
pocas veces terminaban en batallas campales.
A veces emprendíamos fantásticas
excursiones para cazar unos monstruos horribles más conocidos como lagartijas.
Convencimos a mi hermano Vicente, El
Mono, y a Oscar, para que nos acompañaran,
y, armados del cesto de mamá y de dos
tarros de Saltines nos lanzamos a la gran expedición,
en la soleada mañana de un sábado
veraniego y espléndido.
El sol golpeaba mis espaldas como un
mazo candente pero yo permanecía inmóvil,
aguardando pacientemente la llegada de mi
presa para lanzar sobre ella la pequeña jaula
de carrizo. El Mono era el campanero.
Agazapado tras unos matorrales, totalmente
quieto y vigilante, parecía una estatua sudorosa
con los cabellos dorados por el resplandor
solar.
De pronto, el agua se animó. Un diminuto
rayo plateado cruzó raudo bajo mis narices.
En seguida, dos, diez, cientos de pequeños
cuerpos dorados, plateados, rojos, azules,
verdes, amarillos, un arco iris vibrante, vivo,
estalló ante mis ojos asombrados. Mi brazo
bajó rápido y preciso y volvió a subir al instante.
Miré dentro del cesto, el arco iris en
miniatura, palpitante, aprisionado, estaba
allí, al alcance de mi mano. Lancé un grito de triunfo. Sigifredo corrió a mi encuentro
gesticulando y riendo. Pero súbitamente, la
voz angustiada de mi hermano rompió la
magia de nuestra pequeña hazaña:¡Allí viene
el mayordomo, a caballo!
Peces, latas, cesto, se convirtieron entonces
en un estorboso peso para la huida.
Corrimos desesperados, sintiendo a nuestras
espaldas el galope, cada vez más cercano, del
caballo, En pocos segundos alcanzamos el
alambrado que nos separaba de la libertad. Y
de repente ¡PUM! El estampido de un disparo
y una bala pasó silbando sobre nuestras
cabezas. Con las camisas hechas jirones y el
corazón en la boca caímos de cabeza sobre el
polvoriento camino. Sigifredo, mirando al
mayordomo que se alejaba al paso de su
cabalgadura, exclamó rabioso” ¡Maldita sea! ¡
Qué mala suerte! Se nos quedaron los pececitos
de colores por culpa de ese viejo lambón.
Y Vicente, pálido, acesando por el
esfuerzo de la carrera y mirándonos con ojos
asustados y enormes, exclama con una voz
desolada y llorosa: No jodan, y ahora que le
decimos a mi mamá cuando nos pregunte
por el canasto de hacer el mercado?
EL ARREPENTIDO
Desde que tuvo uso de razón, empezó a
arrepentirse. Primero se arrepintió de haber
dejado de ser un pequeño infante y de tener
que soportar en la escuela la salmodia rutinaria
de los maestros. Se arrepintió luego de su
adolescencia masturbante, de sus amores y
desamores. Luego fue mayor el arrepentimiento
por los diplomas y los títulos y las
obligaciones y los matrimonios y los fracasos
y los hijos y las ingratitudes. También tuvo
tiempo de arrepentirse de los credos y de las
apostasías, de los dioses y de los demonios.
Por supuesto, se arrepintió una y mil veces
de los partidos y de los políticos; de las clases
sociales y de la hipocresía de los convencionalismos;
de las tradiciones, de los monumentos
y de las estatuas. Sintió un enorme
arrepentimiento de la globalización y de la
tecnología, incomprensibles para él.
Terminó por arrepentirse de los años que pesaban sobre sus espaldas, de los amigos, de
la soledad, de la nostalgia; de sus pasos vacilantes,
de las arrugas que marcó el tiempo
sobre su rostro y de los achaque y de las
enfermedades y de la angustia de vivir.
Hasta que una tarde de lluvia desapacible,
se tendió bajo uno de los arcos del puente,
tan viejo como su soledad y su abandono.
Entonces, sintió que ya no le quedaban
fuerzas para arrepentirse más, de nada y, simplemente,
se quedó dormido.