El ciclo del agua

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El ciclo del agua

A norte del Parque nacional de cajas, en una grandiosa montaña vivía Nieve. Desde allí podía ver una pequeña aldea y el río Machángara, que nacía a los pies del monte.

Cada mañana, Nieve disfrutaba viendo a los aldeanos. Los niños iban a la escuela, los agricultores a controlar las cosechas, todos tenían siempre algo que hacer en la aldea.

Había un niño a quien Nieve no le quitaba el ojo de encima. Era Diego, un joven de siete años que acababa de llegar nuevo a la escuela. Le estaba costando mucho hacer amigos y, aunque sus padres insistían en que era muy bueno jugando al fútbol, nunca quería participar en los partidos que sus compañeros preparaban en la hora del recreo.

Nieve no entendía por qué Diego tenía tanto miedo a hacer amigos y a demostrar lo bien que jugaba.

Además, a Diego le encantaba subir a la montaña con su balón y allí, cuando nadie lo veía, jugaba y soñaba que era un gran futbolista.

«Este chico sería de gran ayuda para el equipo de fútbol del colegio. Este año no están jugando muy bien, les falta un buen delantero y Diego lo haría fenomenal» pensaba Nieve.

Y así pasaron los días y las semanas, hasta que una tarde de diciembre, Nieve tomó una importante decisión. «Voy a hablar con el muchacho, espero que no se asuste, pues nunca he hablado antes con un humano» pensó.

—Hola Diego.

El joven, al oír una voz desconocida, se asustó y dejó caer la pelota.

—¿Quién anda ahí?

—Soy Nieve. No te asustes.

—¿Nieve? ¿Qué Nieve? No conozco a nadie que se llame así.

—Es que no me conoces, pero yo a ti sí. Hace tiempo que permanezco a tu lado y observo lo bien que juegas. Estoy justo bajo tus pies. Soy Nieve.

Diego se frotó los ojos incrédulo, pues no podía creer que la montaña, o mejor dicho, la nieve de la montaña le estuviera hablando.

—¡Madre mía, me estoy volviendo loco!

—No Diego, no te estás volviendo loco. Nunca antes había hecho esto, pero es que nunca antes había visto a nadie que jugase tan bien al fútbol y no quisiera demostrar su habilidad. Soy una gran admiradora tuya.

Diego permaneció unos instantes en silencio, sin entender lo que estaba ocurriendo.

Nieve guardó silencio para dar tiempo al joven a asimilar la situación.

—Diego, ¿Por qué te da miedo hacer amigos?

—Es que echo de menos mi otro colegio y a mis otros compañeros. No sé si les caeré bien a los nuevos. Me da miedo que no gustarles, que se rían de mi manera de jugar a fútbol.

—Pero Diego, no debes sentirte mal, en la vida hay que ser fuerte ante los cambios e intentar buscar el lado positivo de todo lo que nos sucede.

—Es fácil decirlo para ti. Tú no tienes que cambiar, estas aquí siempre y nadie te molesta.

—Tienes razón, pero he visto a muchas personas sentirse como tú te sientes ahora mismo y te aseguro que al final todos salen adelante y son muy felices.

Diego y Nieve pasaron toda la tarde charlando y riendo y desde aquel día se forjó una preciosa amistad entre ellos.

Cada tarde, Diego salía de la escuela y subía a la montaña para charlar con su amiga y contarle cómo iba haciendo amigos y lo mucho que disfrutaba jugando en el equipo de fútbol.

Poco a poco el joven fue sintiéndose más cómodo con sus nuevos compañeros y su nueva escuela y todo se lo debía a Nieve, que le había hecho entender lo importante que es enfrentarse a las nuevas situaciones con ánimo y fortaleza.

El verano llegó, y se esperaba más calor de lo habitual.

Diego caminó a la montaña para reunirse con Nieve. Cuando llegó, notó la algo débil.

—¿Qué te ocurre amiga?

—No sé Diego, llevo varios días algo cansada. Siento que estoy perdiendo fuerza.

Intentaron averiguar cuál sería el motivo pero no lo consiguieron.

A la mañana siguiente, la profesora de Diego explicó algo que al muchacho le llamó especialmente la atención: El ciclo del agua.

Diego prestó mucha atención, no quería perder detalle para poder contarle a su amiga lo que allí había aprendido. Estaba seguro de haber dado con la causa por la que se debilitaba.

Cuando sonó la campana del final de las clases, el muchacho corrió sin perder un instante para poder hablar con Nieve. «Espero que no sea demasiado tarde» pensó él.

—Nieve, Nieve, ya sé lo que te ocurre…—grito Diego.

—Hola Diego, que alegría verte. Cada vez estoy más débil y estoy menguando.

—Hoy he aprendido algo muy interesante. Verás, como este verano está siendo muy caluroso, el sol está haciendo que te conviertas en agua.

—¿Cómo? ¿En agua? Pero Diego, yo no quiero cambiar, no quiero dejar de ser Nieve.

—Escucha con atención amiga mía. Cuando te conviertas en agua vas a hacer un gran viaje a lo largo de ríos y mares, ¡Vas a vivir una preciosa aventura!

—Pero yo no quiero marcharme de tu lado, no quiero dejar mi montaña.

—Tranquila Nieve, algún día regresarás, déjame que te siga contando. Cuando llegues al mar, el calor del sol te hará subir en forma de vapor ¡Vas a volar y llegarás al cielo!

—Tengo miedo amigo…

—Ahora viene lo mejor, no tengas miedo, cuando estés en el cielo te juntarás con muchas gotas de agua formando las nubes. Seguro que haces muchas amigas. Entonces, el viento te empujará y podrás volar y seguir viajando por el mundo. En algún momento, cuando todas las gotas de agua os hagáis más grandes, bajaréis a la tierra en forma de lluvia o nieve…¿has visto? ¡Volverás a convertirte en nieve! Estoy seguro de que volverás a esta montaña y que en algún momento volveremos a vernos. Te voy a echar mucho de menos, pero nunca dejaré de esperarte, amiga mía. No tengas miedo, recuerda todo lo que me has enseñado en este tiempo. Las cosas nuevas no deben darnos miedo, debemos afrontar los cambios con fuerza y alegría. Estoy seguro de que vas a disfrutar mucho de tu viaje y conocerás nuevos amigos por el camino.

—Yo también te voy a echar de menos amigo. Ya siento como me voy deshaciendo. Te prometo que voy a ser tan valiente como tú lo fuiste y disfrutaré del  viaje.

—Diego posó su mano sobre lo poco que quedaba de Nieve y con el calor del sol terminó de convertirse en agua.

Pasaron los años y Diego se convirtió en un gran futbolista. Viajó y formó una familia. Aunque tuvo que irse a vivir lejos de su amada montaña, nunca dejó de regresar en las épocas de frío y nieve para intentar buscar a su amiga.

—Diego creció y sus hijos también. El joven se convirtió en abuelo y decidió volver a su aldea con su amada esposa para disfrutar de la paz de la montaña y del río Machángara.

Diego siguió subiendo cada tarde al monte, esperando que su amiga Nieve regresara de ese largo viaje que emprendió cuando él aún era un niño. Y un día…

—Hola Diego, tenías razón, ha sido un viaje fascinante.

—¡Nieve!

—Si amigo, el viaje del agua me ha hecho recorrer gran parte del planeta. He conocido otros montes, cielos de muchos colores y mares con especies marinas desconocidas. Como tú dijiste,  ha sido una gran aventura, pero me alegro estar de vuelta.

—Yo también he viajado mucho, pero te he echado de menos vieja amiga.

Y casi como si no hubiesen pasado los años comenzaron a charlar como hicieron el día en que se conocieron, pero esta vez sabían que tenían poco tiempo, pues Nieve, en algún momento, debería volver a viajar, porque así es el ciclo del agua, así es el viaje sin fin de su amiga, el Agua.

Diego posó su mano sobre su fría amiga y sintió el preciado calor de su amistad.




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