El veguero cachón

sa_1587512110casa de Alberto

El veguero cachón

Vivir en el campo es muy bonito y también, muy aleccionador.
Algunas veces pasan cosas raras, que se relacionan con los espíritus.
Queridos hermanos, ahora que estamos todos presentes, les voy a contar uno de esos eventos, para que entiendan mejor, lo sorprendente de vivir en el campo. Esto ocurrió aquí, en Charco Largo, hace un tiempo atrás y nos involucró a todos los Pineda. Fue algo tan triste, como trágico.
Quién ejerce la cacería deportiva o de sustento, debe protegerse con “contras” que le permitan escapar de la maldad de los espíritus, que reclaman sus animales muertos. Los que prefieren no cazar, deben evitar involucrarse con los cazadores o con eventos que se relacionen con la matanza de animales, so pena de ser castigados, severamente, por los espíritus del monte, que ofendidos, pueden hacer que el campesino acometa acciones extrañas, que lo envuelvan a tal punto que termine siendo desdichado y le roben la paz en su vida.
Los “Pineda” llevamos la cacería en la sangre, pero la dedicación al trabajo agrícola nos había alejado de los lances tras las presas. Al cazador siempre le llegan noticias acerca de los sitios donde hay posibilidades de un lance. Así es como en cierta ocasión, los Pineda, de Charco Largo, organizamos una visita, con fines de cacería, para Camacito, lugar donde tenemos cultivos de piña.
Ricardo aún estaba muy pequeño.
Como hecho curioso, cada vez que estábamos en la faena del campo, se nos atravesaban uno o más venados, entre los hilos de piña, como tentándonos, a ver qué íbamos a hacer.
Parecía que los animales sabían que andamos en otra cosa. No hay malicia ni malas intenciones. No portábamos armas de fuego, ni perros cazadores.
Esta situación se repite en varias oportunidades, en los diferentes cortes de piña, por lo que decidimos traer a nuestros amigos de la cuerda de cazadores de antaño, cuando papá era el perrero del grupo. Entre los cazadores invitados está Valera, un hombre octogenario, pero muy hábil aún, siendo el de más experiencia y mejor tiro. Lo acompañan cruz y Gumersindo.
Llegamos a Camacito ya casi oscureciendo y con la premura del caso, nos disponemos para vigiar los venados que rondan los cortes de piña. Se sabe que estos animales gustan de comer las flores de la piña y por supuesto, los frutos maduros. Además, entre los hilos de piña hay un corte de maíz, que debe tener un mes de sembrado.  Está tierno y disponible, para que el venado se lo coma. Es allí, a dónde vamos los cazadores.
El terreno mide unas cinco hectáreas y no hay donde colgar las hamacas, por lo que tuvimos que sentarnos en el suelo, a esperar los animales. Nos ubicamos distantes unos de otros, cuidando de no cruzarnos en la línea de tiro. Pasan las horas de la noche, con un frío que cala los huesos y nada de ver u oír algún bicho. Como que les avisaron que no salieran…
Te das cuenta, Saúl. ¿Cómo se puede entender eso?
Espera, ten paciencia, Ricardo, que te sigo contando:
Amanece y no logramos cazar ninguna presa. Llega la hora de la faena agrícola y con ella vienen los carros y los obreros. Son las seis de la mañana. La claridad es creciente, ya están macheteando el monte, raleando las largas hojas de las matas de piña y regando un “mata monte”. Pasa la mañana y el sol inclemente obliga a todos a replegarse. Ya no se puede estar al aire libre, con exposición directa al sol. La insolación y el calor son agotadores.
A eso de las once de la mañana, se oye el llamado de otro agricultor, que está solo en su corte de piña, contiguo al de nosotros.  Todos lo llaman Cachón.
¿Qué pasó? Le pregunté.
Avisen a los cazadores que se vengan rápido, que, en el rastrojo, al lado de las piñas mías, está el venado grande, respondió Cachón. Yo se los voy a jopear y ellos lo pueden esperar en la carretera de abajo. Seguro que ese animal se los lleva por delante, insistió el labriego.
Así lo hicieron.
El animal se soltó a correr cerro abajo y en la carretera cayó fulminado, por un certero disparo, hecho por Valera. No se movió ni un paso después del tiro. Resultó ser un macho, con una carama de seis puntas y más de 60 kilogramos de peso. Lo trasladamos a la casa de la finca y allí lo desollamos, para luego cocinar la exquisita carne.
Al dar el primer mordisco, exclamé, aún incrédulo:
¡Eso sí es raro! El cachón nunca ha sido aficionado a cazar. De hecho, se sabe que respeta mucho a los animales silvestres y a sus dueños, los espíritus del monte.
En eso interviene tu hermano Samuel y dice: Yo le pedí que nos avisara, si veía el venado.
Al principio no quería, pero después de dudar un rato, dijo “Está bien. ¿Qué me puede pasar? Total, no soy yo quien lo va a matar.
Siguió la comilona y guindamos una de las piernas traseras del animal, cerca del humo del fogón. Esa era la presa para cachón.
Pasaron los días y los eventos de aquella cacería se estaban borrando de la memoria, cuando se suscitaron unos extraños hechos en el caserío Charco Largo…
Miren, ahí viene el Cachón. Voy a puyarlo a ver si es tan guapo como dicen que es.
Deja quieto a ese hombre, Sebastián. No seas chinche. Ese carajo no te está haciendo nada.
¡Ah pues! Me quiero divertir un rato. Ni que tú fueras familia de él.
Sebastián, un joven de unos veinte años, labriego en los cultivos de piña, se encontraba, junto a otros amigos, frente a la bodega de Alberto y al ver que el Cachón llegaba a ese lugar, comenzó a hacerle burlas para palpar su valor y arrojo.
El Cachón, muy conciliador y hasta medio tartamudo le respondió: Deja la broma, chico.
Yo sólo vengo a comprar la comidita pa’ llevarla pa’l trabajo…
Pasó una semana …
¿Entonces, Cachón? ¿Cuándo te vas a echar unos palos con nosotros? Claro, de aguardiente.
Mira Sebastián. Tú sabes bien que nosotros no somos amigos. No sé lo que quieras conmigo, pero te aseguro que no bebo con gente que no es de mi confianza. De hecho, yo no bebo aguardiente.
¡Ah pues! Ahora te la das de pretensioso.
¡Pretensioso no! Y no me digas Cachón, que eso solo se lo permito a mis amigos. Mejor me voy de aquí.
Si. Mejor te vas, Yo no acostumbro a andar con flojos.
Flojo no. Es que no quiero tener problemas con la justicia y eso es lo que va a pasar si peleamos.
Crees que me vas a ganar en una pelea. Lo veo difícil. Unos palos es lo que te vas a llevar.
Sí, segurito. No ves que yo soy mocho. Mejor me voy para mi conuco.
Adiós, señor flojo…
Encarnación González, por su nombre de pila y apellido de su madre, era un hombre de unos treinta años, solitario, taciturno, muy callado y también muy trabajador. Todos le decían Cachón, por la rima con su nombre y porque las pocas veces que opinaba sobre algo, cometía tremendos dislates, que por aquí acostumbran llamar “cachazos”. De ahí a que lo llamaran Cachón, solo fue cuestión de tiempo.
Mañana voy a bajar hasta Charco Largo. Necesito comprar unas pilas para la linterna, comida y querosén. Le voy a decir a Saúl Pineda que me dé la cola en su camioneta, cuando baje de la montaña, con los obreros.
Al rato:
Claro que sí, Cachón. Voy a bajar de la montaña a eso de las once de la mañana. Te preparas para esa hora.
Bueno, ya cuadré la cola, ahora voy a seguir trabajando, para aprovechar la tarde.
Llegó el momento de ir a la bodega.
A buena broma. Ahí, en la puerta de la bodega de Alberto, está Sebastián. Segurito que se va a poner fastidioso y con ganas de pelear. Y yo que no quiero tener problemas con nadie.
¡Epa! Mira el pajarito que llegó. El famoso Cachón. Y trae una cara de hambreado y cochino. ¿Cómo que no te bañaste en varios días?
Deja la cosa, chico. Que hoy no tengo ganas de pelear con nadie. No quiero tener problemas con la justicia.
Si. Ese es tu cuento de siempre. Tú lo que eres es un tronco de flojo. Pura fama de que eras un varón.
Pronto intervino el bodeguero:
Me hacen el favor de respetar mi negocio. Si van a pelear, se van para la calle.
Claro que me salgo, señor Alberto. Pero sepan todos, que este que llaman Cachón solo es un tronco de flojo. Y si no es así, salte conmigo para que resolvamos afuera.
De inmediato, Sebastián abandonó la bodega, no sin antes darle un empujón a Cachón.
Tú si eres atestado. Yo nunca me he metido contigo y me agarraste el número. Pero eso se terminó. Hasta aquí te aguanto. Espérame afuera.
Muchos de los allí presentes, le daban casquillo a ambos hombres para que pelearan, creyendo que la cosa no pasaría a mayores. Todos creyeron que se trataba de una simple diversión.  Se equivocaron…
Ponte mosca, que Sebastián agarró dos piedras, le gritaron todos a Cachón.
Tú sí que eres un macho, no puedes pelear con las manos, le objetó Cachón a Sebastián, al momento que esquivaba las piedras, que más bien parecían proyectiles.
Echa pa’ca, a ver si eres tan machote como dices.
Pues, claro que pa’lla voy.
Luego se trenzaron en un abrazo, cuerpo a cuerpo, hasta que todos observaron, atónitos, como el Cachón esgrimía un pequeño puñal, que hundió en el pecho de Sebastián.
Se oyó un grito desolador: ¡Ay! Me mataste, desgraciado.
y luego, todo fue silencio.
Yo te decía que no te metieras conmigo. Yo te lo decía… Y viste: Ahí estás. Tirado en el suelo, todo tembloroso. Ya no sirves para nada. Vistes… Cachón, mataste a ese hombre, le gritaron todos.
Es que yo se lo decía: “No te metas conmigo, que yo no quiero tener problemas con la justicia”.
Luego, de la manera más natural, Cachón se dirigió a la bodega y compró dos maltas, pidió que las destaparan y se regresó al sitio donde yacía el cuerpo de Sebastián. Se sentó sobre el asfalto, al lado del difunto y le puso una de las maltas junto a la cara.
A la vez que él bebía de la que tenía en su mano, le decía al muerto:
” Bebe malta, pues”. “No dejes que se caliente”.
Y a cada rato le repetía: “Bebe, pues”.
Luego volvía a su letanía:
” Yo te avisé varias veces, que no te metieras conmigo”. Ahora mira lo que pasa: “Ya no puedes beber malta”
En absoluto silencio, todos los pobladores rodeaban a los jóvenes que se habían enfrentado, en aquella lucha mortal.
Yo sé que tengo que ir preso. Llévenme para Bobare. Me quiero entregar a la policía.
“Maldito sea el día en que Sebastián se empeñó en joderme”.
Cachón purgó 10 años de cárcel, por la muerte de Sebastián.
El cargo fue homicidio intencional, con uso indebido de arma punzo-penetrante. Hubo un atenuante: la defensa propia.
Que terrible desgracia, la que acabas de narrar, Saúl.
Así es, Ricardo.  Y todo por la cacería. “Al Cachón le cobraron la arreada del venado, allá en Camacito”.
Pasaron los años, Encarnación Gonzales cumplió su pena y regresó a sus cortes de piña.
Varias veces, lo hemos encontrado en el monte. Aún trabaja solo. Su   jornada comienza a las seis de la mañana y termina a las seis de la tarde.
Se muestra huraño y taciturno, pero muy laborioso.
No quiere saber nada de la cacería, ni de peleas, ni de la cárcel.
Volvió a ser lo que era antes de agredir a Sebastián: Un hombre honrado, trabajador, sano y bien intencionado.



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