OJOS ROJOS
Cuando eres niño los miedos más pequeños se hacen enormes. Al
volverte adulto, los miedos más pequeños que tenías siendo niño
se vuelven traumas. Después te haces anciano y te das cuenta que los
miedos pequeños nunca fueron pequeños, que los traumas no se
superan jamás y que lo único que pone fin al dolor es la muerte,
porque a este mundo se viene a sufrir, nos guste o no.
Este es mi miedo, trauma y mi sufrimiento:
Hace mucho tiempo, cuando era pequeño y la vida era más simple, la
ciudad era muy distinta. Era un pueblo pequeño, con pocos habitantes
que se conocían entre sí por nombre y apellido. Mis vecinos más
cercanos, los Villegas, vivían a 300 metros de mi casa en un terreno
donde sembraban cacao y naranja. Los señores tenían 8 hijos, 3 de
ellos eran contemporáneos conmigo. Pedro, Miguel y otro a quien no
le recuerdo nombre pero lo llamábamos Chipi Chipi, se reunían con
mi hermano y conmigo para jugar pelota casi todos los días,
generalmente hasta las cinco de la tarde, más o menos. Cuando
empezaba a oscurecer sabíamos que era el momento de regresar, pues
nuestros padres tenían la idea de que en las noches asechaban cosas
que eran peligrosas y que nos podían hacer daño. Para nosotros lo
peligroso era llegar tarde a casa pues nuestros padres eran muy
estrictos y si no se hacía lo que ellos decían la pela (golpiza)
era terrible.
Nuestro patio de juegos era un terreno enorme que estaba cerca del
cerro. Hoy está lleno de casas. En ese terreno nos juntábamos para
jugar beisbol todos los niños de la zona. Era un diciembre en la
tarde y hacía un frío infernal, razón de más para seguir jugando
y mantenernos calientes, además de no querer dejar la partida a
medias, el juego estaba muy bueno. Sin que nos diéramos cuenta se
había hecho tarde, calculamos que eran las 5:45 o más, cuando Pedro
y Chipi Chipi empezaron a gritarnos de lejos que teníamos que correr
a la casa. Cuando miré el cielo oscurecido supe que llegaríamos
tarde y mi papa nos mataría a golpes pues no le gustaba cenar tarde.
Los hermanos Villegas se fueron juntos calle abajo, mientras mi
hermano y yo corrimos hacia arriba, esperando que pudiéramos cortar
camino atravesando un rio cercano que estaba detrás de la casa.
Oscureció rápidamente y mi hermano, que tenía mejor condición
física, se adelantó mucho dejándome muy atrás, tanto que se me
perdió de vista en más de una ocasión. Cuando llegué al rio, mi
hermano ya había cruzado y desde el otro lado me llamaba: Apúrate
José, rápido falta poco. El río era pedregoso con agua poco
caudalosa que bañaba las piedras suavemente produciendo un sonido
apenas perceptible. Me apuré en cruzar, usando las piedras como
puente, antes que la oscuridad no me dejara ver claramente, pero
cuando faltaba muy poco para terminar de cruzar unas ramas se
movieron y me distraje, resbalándome, cayendo sobre una piedra y
golpeándome la frente, cosa que me dejó una cicatriz. Sentí el
agua helada bañándome por completo mientras me incorporaba
lentamente tambaleándome de un lado a otro mientras tocaba
delicadamente la herida que me había hecho. Me asusté después de
ver la sangre pues sabía que mi padre se molestaría ya que en más
de una ocasión nos prohibió cruzar el rio de noche, de manera que
intenté lavarme un poco la herida y seguí caminando por el sendero
pero a media máquina. Todo a mi derredor se movía borroso ante mis
ojos apenas distinguiendo el camino que debía seguir. Mi hermano no
se hallaba en ninguna parte y por más que lo llamé, no tuve
respuesta. El ambiente oscureció más hasta que, sin previo aviso,
todo se volvió negro. No podía ver más allá de uno o dos metros,
el cielo estaba negro sin una estrella ni la luna que iluminaran y
aunque el camino me lo sabía de memoria no pude evitar asustarme al
verme solo en medio del bosque rodeado de árboles y con el sonido de
los sapos envolviéndome. Continúe mi camino, ya resignado que mi
padre me reprendería severamente por llegar tarde, a parte de que
castigaría a mi hermano y a mí por varios días por haber llegado
con la herida en la cabeza, cosa que mi hermano no me perdonaría
fácilmente.
Había avanzado un par de metros cuando sentí unos pasos detrás de
mí. Imaginé que era mi hermano tratando de asustarme por lo que me
gire y le pedí ayuda.
-Antonio, me caí en el río. Échame una mano.
No obtuve respuesta.
-Coño hermano deja el juego. Vamos a llegar tarde a la casa.
Seguí sin obtener respuesta. Me fije bien en el camino que había
dejado atrás y no vi a nadie.
-Hay alguien allí?
Escuché un movimiento entre los arboles pero ninguna respuesta
humana. Mi corazón dio un brinco y mi respiración se agitó
temiendo que fuese un animal salvaje que me estuviese asechando.
Continué por el sendero, bien rápido hasta que pude ver mi casa a
lo lejos, bien iluminada a pesar que no contábamos con electricidad,
fue entonces que escuché unas ramas rompiéndose por el peso de
alguien y la voz de mi hermano que me llamaba, justo detrás de mí.
-Yo sabía que eras tú tratando de joderme.
Cuando me di media vuelta, escuche el gruñido de un animal que
provenía de entre los árboles. Volví a escuchar a mi hermano
llamándome, di unos pasos atrás y pude notar un par de ojos
brillantes como estrellas, tan grandes como pelotas de beisbol y tan
rojos como la sangre devolviéndome la mirada. Escuche nuevamente la
voz de mi hermano y pude entender que provenía del mismo lugar de
donde veía esos ojos rojos.
-No temas. Acércate.
Me decía insistente, pero yo no hacía más que temblar,
desapareciendo el dolor que tenía por la herida en la cabeza. Sentí
un gruñido más fuerte cuando expresé mi negativa de acercarme
moviendo la cabeza de lado a lado, note que aquellos ojos rojos se
acercaban y en la medida que el animal daba un paso hacia mí, yo
daba un paso atrás. Poco a poco se fue descubriendo la silueta de un
perro enorme, de pelaje negro y hocico puntiagudo. Tuve la intención
de correr pero estaba paralizado de miedo. Nunca había visto
semejante animal lo que me impidió dejar de verle a los ojos, me
tenía hipnotizado de alguna forma. Luego escuche el gruñido del
animal una última vez, mostrándome los dientes enormes y
puntiagudos que amenazaban con arrancarme alguna parte de mi cuerpo.
-Tranquilo.
Lo dije con voz tan queda que apenas pude escucharlo yo mismo, era un
vano intento por tranquilizar al perro que parecía querer atacarme.
El animal se acercó más y fue cuando sentí un líquido caliente
que escurría entre mis piernas y bajaba hasta mis zapatos. No
recuerdo exactamente como reaccioné, solo sé que antes que me diera
cuenta ya estaba corriendo a mi casa, mientras escuchaba que me
perseguía. La casa la tenía cada vez más cerca al igual que al
perro que no dejaba de gruñir. Mi corazón estaba por salirse de mi
pecho, mis piernas desfallecían con cada paso, en cualquier momento
esperaba la mordida del animal en mi pierna y que me arrastraría
hasta el bosque para luego alimentarse de mí, el horror de ese
pensamiento no me dejaba rendirme.
Finalmente llegue a casa, abrí la puerta y cuando entre mi padre
estaba sentado a la mesa y mi mamá servía la comida.
-¿Dónde coño estaban? -dijo mi papa-. Es muy tarde.
-Perdón papá… No quise… -Estaba tan asustado que no me
importaba que mi padre me pegara, estaba feliz de haber llegado.
-¿Dónde está Antonio?
-¿Cómo así? Venia delante de mí.
-Pues no. No ha llegado. ¿Dónde está?
-Te lo juro papá. Él venía delante de mí.
Mi padre me agarro por los hombros y me sacudió un par de veces
esperando que con eso se me aflojara la lengua, pero no había nada
que esconder. Antonio se había adelantado por lo que debería haber
llegado antes que yo.
Esa noche mi padre salió a buscar a mi hermano y no regresó hasta
la mañana siguiente. Mientras tanto yo no pude dormir en toda la
noche, tuve pesadillas sobre el perro persiguiéndome en un campo
interminable donde no podía ver donde estaba el animal por la maleza
que sobrepasaba mi altura. Lo único que podía hacer era correr en
cualquier dirección tratando de alejarme del perro, pero al final
siempre me alcanzaba arrastrándome del tobillo o saltándome encima,
mordiéndome el cuello. Ese sueño se volvió recurrente al menos dos
veces por semana por el resto de mi vida, despertando de repente,
bañado en sudor. Sé que mi corazón no aguantará más y en
cualquier momento no despertaré de ese sueño.
En fin, los días se hicieron semanas, las semanas meses y los meses
se transformaron en años, y hasta el día de hoy no sabemos que le
ocurrió a mi hermano. Nunca lo encontraron, ni su cuerpo o sangre,
nada. Mis padres fallecieron sin creer una palabra de lo que conté y
aunque todos en el pueblo insistían que mi historia del perro solo
fue producto de mi imaginación al estar asustado en medio de la
noche, sigo creyendo que Ojos Rojos era un perro del infierno, uso un
truco para llevarse a mi hermano y, por muy poco, estuvo a punto de
llevarme a mí, solo que no caí en su truco. Espero que Dios se haya
apiadado del alma de mi hermano y pronto podamos reunirnos a jugar
pelota una vez más.