Marco Piedra
El aire fluye y tengo meses sin saber de él y su tierno deseo de llevarse un
bocado al estómago.
“Poeta, quiero enseñarte este par de libros que tengo acá”.
Sus palabras saben ablandar las pesadumbres etílicas. Viene a mi
aposento aún con el buqué de la flor crepitando en sus entrañas. Era de esos
piedreros fracasados que lo cambiaban todo por unos pipazos, que la vida ya se
les fue a la mierda y que es rico vivir en la mierda sin vivir en ella. Sus ojos
contaban asquerosas historias de hambre y vagancia. No sólo de pan vive el
hombre. Cervantes murió siendo pobre y no podemos creerlo.
Era acreedor de un rutilante futuro como escritor, poseía el talento, la
imaginación, la energía. Sus letras eran voraz creación inmarcesible, sacro portal
al estupor humano. No era capaz de detenerse, de la hoja al lienzo, y del lienzo a
la cama. La vida misma le servía de musa voluntaria, era un tenaz ferrocarril
inadvertido de su destino, lo que todo escritor desearía. Se drogaba, claro, un
pase de perico a la semana tal vez, que de poquito no hace daño. Eso también lo
ponía activo a escribir, aunque es bien sabido que él no conocía eso que llaman
“estar trancado” o “falto de inspiración”, pero es que cada vez que le sacaba…
Cada bocanada… Aquello era inefable. Las tramas que desarrollaba mientras
estaba dopado eran sublimes, increíbles, inimaginables, fantásticas. No cabían
dudas de que su futuro sería brillante, caóticamente feliz. Nada lo iba a detener,
nada podría hacerlo.
“Poeta, es que escribir cuentos es maravilloso. Escribir es libertad. Nunca
dejes de escribir, poeta, que si alguna vez cesaras, la mediocridad ganaría una
batalla”. Se terminó su cerveza y pidió otra. Yo le dije que yo pagaba, que bebiera
tranquilo. No sé qué me decía que eso era lo correcto. Tal vez que lo vi merecedor
de mi condescendencia, o simplemente me cayó bien porque llegó con la intención
de venderme libros. Enterré mi rumiar en sus manos. Se veían quemadas, como si
todas las rebeliones de la humanidad hubiesen surcado sus carnes. Su color de
piel era lóbrego y oscuro, parecía quemado por colilla de cigarrillo, denotaba un
semblante infranqueable a pesar de su inerte tristeza proyectada a través de los
ojos tan pequeños que apenas si lanzaban un corto destello de vitalidad. Pedí una
cerveza más y decidí que sería mi última del día, mi casa me esperaba con la
grasosa realidad colgada en el perchero de la entrada. Relatos inverosímiles, sexo
efímero, mujeres pasajeras, comida insípida, ningún hijo al qué educar. “Hear the
Little song that makes you feel good” canta la radio mientras el piedrero y yo
perdemos la mirada en un partido entre Tiburones de La Guaira y Navegantes del
Magallanes. “Buena música, me llamo Marcos”. “Supertramp, soy Andrés” y el
mesero nos avisa que ya van a cerrar, que tenemos quince minutos. Lo ignoro y le
doy un trago más, centrando mi rumiar en sus desaliñadas rastas, su extraño
contorno oscuro, íngrimo, como si una espesa nube lluviosa lo rodeara siempre.
La hora llega y salimos. Le pregunto a dónde va y me dice que a fumar
marihuana, me invita pero que nos lleguemos al point. Le digo que en mi carro
escuchando Soda Estéreo y accede sintiendo plácida desconfianza. Caminamos
hacia el estacionamiento y me dice más sobre su pasado. Sus historias de pan
duro me impactan, me hacen sentir culpa por haber comido bien durante toda mi
vida. Pienso que tal vez son falsas, que se está victimizando para que lo lleve a mi
casa y lo alimente.
“Yo una vez estuve enamorado, poeta. Ella era mi credo. Sus senos y sus
labios lo eran todo en mi vida. Era mi pasión, mis alas, el color en mi vida, pero
todo se fue al carajo. Su gemir en sepia, sus ojos color mar, su aroma a rocío…”
Abre la puerta del carro y antes de entrar me mira: “No dejes que una mujer te
consuma la inspiración”. Subimos al carro y me encerré en reflexiones sobre
aquellas palabras, mientras Marco enrolaba el porro con mango beach. Traté de
no pensar en Martha y sus hombros derramándose hasta bajar al busto y aterrizar
en el monte de Venus, o sus manos clavando las pasiones en mi espesa melena.
Entorné los ojos y arrugué la cara pendencieramente durante mi lucha contra el
recuerdo de esa arrogante mujer por la que yo daría todo con tal de volver a
cogérmela aunque fuera una sola vez. Apreté el volante con inconmensurable furia
y comencé a temblar, conteniendo en vano un rugido que luego no pude atrapar.
Marco me miró con su perenne serenidad y le dio una profunda bocanada al porro.
“Calma poeta, ella es pasajera, los versos no”, y entonces sopló el humo con
disimulada fuerza, como si quisiera impregnar al cielo de su infame aroma. Le
pregunté que cómo era posible que estuviese tan calmado, tan sereno. Se encogió
de hombros y me dijo que se resignó a saber que la vida es como una mujer
tratando de llamar la atención: te golpea, te escupe y te pisotea y tú ahí, como un
gûevon, jalándole bolas para que te diga qué hiciste mal y aclamando expiación.
Miré a través del parabrisas y Marco me pasó el porro. Le di una rabiosa calada y
mantuve un buen rato el humo en mis pulmones como intentando drogarme tan
duro que nunca pudiera volver del viaje, y pasar el resto de mi vida sumergido en
la psicodelia.
El iridiscente reflejo de la impávida luna penetró el parabrisas del carro. La
noche en la ciudad reclama espejismos de sus vidas doradas y yo estoy dopado.
Volante y yo nos fusionamos entre maniobra y freno a lo que Cerati armoniza mi
existencia. Marco quiere decir algo pero no sintoniza fuerzas para terminar la
oración que tiene en pausa desde hace rato. “Gira el disco lentamente, por la
habitación”, los vientos de la vida nos acechan en sigiloso asalto mientras nos
sentimos furtivos gladiadores romanos. “Soy piloto de juguetes, entre nubes voy”.
Olvido por un vano instante de dónde vengo y cómo funcionan mis dedos ante el
teclado de mis profanas letras, el asfalto rebobina su aplastada mirada de gotas
marchitas. “Cruza el valle, suenas frágil, como yo”. Estoy perdido, sin rumbo claro
ni alimento temporal. Miro a mi compañero y noto que llora, dice que se siente
aturdido. Asumo que le dio la pálida y le ofrezco parada en una farmacia. Me
ignora y cambia la canción “nada cambiará con un aviso de curva”.
Las diez mil estrellas del firmamento recaen sobre nuestros regazos una
vez que nos tendimos en el pavimento. Inyectamos al horizonte con unas cuantas
gotas de nuestra mirada. “Poeta usted es una persona admirable. Estará en mis
memorias para el resto de mi vida”. Sacó una piedra y luego una pipa improvisada
hecha de latas de refresco. Le aconsejo que no lo haga, que arruinaría la ataraxia.
Parece ignorarme pero me hace caso. No le presté mayor atención luego vi cómo
sacaba un oxidado cuaderno y después un lapicero. No logré leer lo que plasmó
allí. Sólo sé que escribió durante unos cinco o diez minutos, sin pausas, sin
detenerse a esperar un inédito resplandor de inspiración. Lo dejé estar con su
fantasía mientras redactaba. Repentinamente quise intentar una suerte de dibujo
mental de mi futuro. Fue vano. No pude ver nada. Sólo me ilustré entrando a mi
solitaria casa, rebozándola de alcohol y desgracias, aclamando una segunda
oportunidad para ser feliz.
Terminó de escribir y guardó sus instrumentos. Me pidió que lo llevara a su
residencia, que lo estaban dejando quedarse en una posada por la avenida tres a
cambio de ser camarero. “Sólo intento ser feliz en medio del color negro de mi
presencia”. Entro al carro, él hace un interludio de respiración y calentamiento,
después me sigue con la entrada y arrancamos. . Mi amigo jugaba con sus
danzantes rastas, me miraba de reojo, como si estuviese listo para decirme lo que
desde hace rato trataba de soltar, pero que había algo que lo detenía, algo que lo
trancaba.”Si tienes algo que decirme adelante”, me precipité a pedírselo. Vaciló un
poco antes de poder escupirlo. “Es que en verdad necesito el dinero, ¿podría por
favor comprarme los libros?” Dijo mientras apretaba el bolso entre sus piernas. Le
pregunté cuánto pedía. “Barato. Veinte mil por los cuatro”. Le dije que no, que le
daría cincuenta mil, pero que no se los gastara en droga. “Se lo prometo, poeta”.
Cuatro de la mañana y la brisa azota mi rostro. Estoy frente a la posada
donde duerme Marco, confirmando que ingrese a su morada sin contratiempos.
Poeta usted es maravilloso. “Ojalá y la vida se acuerde de lo que usted hizo por
mí. Ya llegará la hora de encontrarnos de nuevo”. Hace una reverencia y se pierde
en la vaga oscuridad del umbral del pórtico. Escucho el crujir de las puertas al
abrirse y segundos más tarde, cerrarse. Permanezco sentado en el capó del carro
durante unos instantes y luego me sumerjo de nuevo en mi insecto de cuatro
puertas. Huele a yerba. Cierro por completo todas las ventanas y tomo la ruta más
rápida a mi casa. La noche murió hace ya varios vientos y no hay murmullos de
asechanzas ávidas.
El recorrido transcurre lento. No hay tráfico pero igual voy despacio. Tengo toda
la vida para perderla como yo quiera, sin apuros, sin hacer cola. El cielo está
cansado de alumbrarme los errores y decide irse a dormir. Entro en la recta final y
me percato de una hoja que reposa en el asiento del copiloto. La miro con cara de
interrogación y procedo a tomarla. Estaciono el carro en cualquier rincón y abro la
hoja:
“Un día el rocío fue mío
La noche no era noche
Mis palabras no mentían.
Tu catástrofe se me revierte y yo lloro de la impotencia
Pero tú aún conduces,
Impávido
Callado, falso.
El jinete se enclaustra en la astromelia,
Los cielos ya no lloran.
La mugre es mía ahora.”