No es normal

No es normal

Nacieron gemelos, en una de estas casualidades de la vida, tan frecuentes. Los padres eran como cualquier otra pareja, se querían, discutían alguna que otra vez, pero dentro de la normalidad. Y todo el mundo puede pensar que los gemelos tendrían que tener la misma buena vida, también dentro de la normalidad. Que con la misma educación y viviendo en el mismo mundo llegarían ambos tan lejos como quisieran.

Desde que eran pequeños, veían los mismos dibujos en la televisión y jugaban a los mismos juegos, aunque cada cual con sus muñecos. Cuando ya estaban en escuela, uno de ellos, el mayor por un minuto, era muy bueno en los deportes, no como el otro, que era mejor en los estudios y no tenía mucho interés por el fútbol por dos razones: no jugaba demasiado bien, pero cuando lo intentaba, los otros niños eran muy duros y acababan diciéndole que lloraba como una niña cuando le hacían falta.

Años después y todavía en escuela, los gemelos vieron una película en casa que les cambió la vida. Trataba de unos guerreros del espacio que luchaban con espadas láseres. Quedaron alucinados y, al día siguiente, fueron a la escuela dispuestos a jugar con sus amigos a guerreros del espacio. Pero solo dejaron jugar al hermano grande y el otro no entendía por qué no podía ser un guerrero como ellos.

Pasó el tiempo y ya estaban en el último curso de la escuela antes de ir al instituto. Los gemelos, aunque tenían una buena relación, no estaban juntos en clase, cada cual tenía sus amigos. Hablaban de aficiones y temas diferentes, pero no se llevaban mal.

Llegó esa época donde vienen todos los cambios y te arrastran sin darte cuenta: ambos gemelos habían hecho nuevas amistades, perdido otras y cada cual vivió la pubertad en su manera. En el tercer curso de la ESO iban a la misma clase y daban exactamente las mismas asignaturas. Los dos hermanos eran bastante inteligentes y sacaban las mejores notas de la clase. En el cuarto curso tuvieron que decidir lo que más les gustaba estudiar: ambos fueron a ciencias.

En el primer curso de bachillerato salían de fiesta los sábados; aunque cada uno de ellos iba con su grupo de amigos a los mismos lugares, el hermano mayor no tenía tanta presión de los padres para no volver tarde como tenía el pequeño. A los dos hermanos les asqueaba tener que volver los dos juntos, el uno acompañando el otro cuando sus amigos todavía se quedaban de fiesta. Pero no se les pasaba por la cabeza a ninguno hacerlo de otra manera.

Una noche de fiesta, cada hermano hizo más o menos lo mismo, cada uno fue a una fiesta diferente. Al grande lo felicitaron sus amigos, su padre se enteró de algo y sonrió y las chicas le pidieron el número al hermano pequeño.

Este, haciendo lo mismo en otra fiesta, perdió una amistad, en clase se reían de él por la espalda y de ninguna forma podía permitir que sus padres se enteraran de lo que había hecho. Además, los chicos de clase se burlaban de él y otra vez no entendía por qué él no podía hacer cosas que su hermano sí.

Naturalmente, los años continuaron pasando y los gemelos buscaban trabajo. Los dos presentaban los currículums a los mismos lugares, con alguna diferencia. El hermano grande, que iba un poco mal en inglés, causaba buena impresión de todos modos en la mayoría de entrevistas y, aunque no conseguía los trabajos, no se rendía nunca. El hermano pequeño, con un buen nivel de inglés, se sentía  todavía más pequeño cuando salía de sus entrevistas, para las cuales tenía que tener mucho cuidado en cómo vestía y como se peinaba. Una ocasión salió de la entrevista con asco y ganas de llorar, y casi pensó en denunciar a la empresa, aunque no serviría de nada.

El tiempo pasó, como las amistades, las parejas y todo lo que viene y va en la vida.

Y siguieron pasando los años. Hasta que se pararon.

La vida del hermano pequeño, que dentro de la normalidad era buena, acabó de repente una noche en que su ex pareja lo esperaba en casa con un cuchillo a la mano. Y esta persona, que parecerá un loco, una persona nada normal, era también un miembro normal de la sociedad, con amigos, familia y coche, como cualquier otro individuo. El hermano grande, que ya contaba 36 años de vida, se sintió impotente. La persona que le arrebató la su hermano se había suicidado todo después y no podía hacer otra cosa más que llorar.

Quizás hay que dejar claro, por fin, que el hermano pequeño nació siendo niña. He tratado de ocultar este hecho directamente hablando del hermano pequeño en masculino, aunque a veces se ocultaba a solas, porque cuando empleamos el plural se esconde la parte femenina del conjunto.

Es muy probable, casi seguro, que de no haber sido mujer, la vida de la hermana pequeña no habría acabado a los 36 años. Si no fuese mujer no habría salido de una entrevista con ganas de denunciar la empresa porque el entrevistador la miraba de arriba abajo babeando.
Si no fuese mujer no habría perdido amistades al hacer lo que quería en una fiesta con otros chicos, y los chicos la habrían felicitado como hicieron con su hermano. Si no fuese pequeña no tendría que acompañarla su hermano en casa por la noche, porque no tendría miedo a que la siguieran o le asediaron. Si no fuese niña no le habrían dicho que no podía jugar a guerreros porque en la película que le gustaba no salían niñas luchando. Le decían que lloraba como una niña porque, efectivamente, era una niña, y desgraciadamente esto determina mucho de lo que nos ocurre en la vida. Como que era pequeña, sí entendía por qué no podía hacer ciertas cosas.

Cuándo he dicho que el hermano pequeño nació niña, a buen seguro habéis pensado que es normal que le pasara todo esto. A muchas les pasa.

Y este es el problema: que no es normal.

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